sábado, 13 de julio de 2013

Guile y el tren

Guile tenía pocos años más que los de muchos niños que juegan con vías y trencitos, pero venía de una familia guajira de la sierra, con 17 hermanos y ningún juego caro. Entonces ese hombre recto como una vara, al que le decían comandante antes que doctor, le dijo que se ocupe del tren. Y allí fue Guile con sus hombres. Tomaron una herramienta de hierro, una barreta terminada en dos dedos como de pezuña de ovino y levantaron los bulones de los durmientes. 
Afiche de Guile en el tren blindado, en Santa Clara, Cuba.
Después tomaron un vehículo carretero usualmente destinado a hacer camino y levantaron, destrozaron por completo la vía. La gente del tren quiso escapar y cayeron en la trampa, se quedaron sin vías, sin camino, sin escape. Y el tren descarriló.


Bulldozer exhibido en el Museo del Tren Blindado, Santa Clara. Foto de Esteban Cámara
Guile y sus hombres, hambrientos y casi inermes, los sacaron del tren a fuerza de bombazos de molotov. Los soldados del gobierno se fueron rindiendo, vagón tras vagón, y entregaron las armas y municiones, extraños juguetes para los niños sin juguetes que habían sido sus vencedores. Era poco más de las cinco de la tarde del 29 de diciembre de 1958.

El sanguinario asesino y torturador jefe de los soldados vencidos huyó apenas supo lo del tren. Se escapó, se fue a refugiar con sus amos del norte, el cobarde.
Vagones del tren blindado exhibidos en el museo respectivo, Santa Clara. Foto de Esteban Cámara
Guile se llama Ramón Pardo Guerra, hoy es General y está a cargo de la Defensa Civil en Cuba, además de ser Diputado. Combatió en Angola y es un héroe de guerra. Hijo de un gallego de Lugo, Manuel Pardo, que llegó hasta Cuba buscando a su padre y terminó en la Sierra Maestra y de una guajira (Eufrosina Guerra Ortega) descendiente de los orgullosos dueños ancestrales de la tierra americana.

Guile, el capitán de 19 años, el de la niñez sin juguetes caros, le regaló con su acción vida, salud y dignidad que valen mil billones de juguetes, a los niños de Cuba.



Esteban Cámara
Santa Fe, 13 de julio de 2013

Fuentes: Pasajes de la guerra revolucionaria, de Ernesto Che Guevara
               Entrevista de Granma a continuación.

Entrevista a Ramón Pardo Guerra publicada en Granma. Vean más adelante lo que Guile cuenta del Che.
Seguir la carrera militar

Lo mejor del General de División Ramón Pardo Guerra no es su brillante biografía, sino su modestia, su sencillez. Narra la historia de su vida como si fuera algo normal. La dicha de nacer en el seno de una familia campesina, de haber tenido unos padres extraordinarios que criaron a sus dieciocho hijos en medio de las más difíciles condiciones económicas, son experiencias que él supo asimilar. Nacido en El Cobre, en el Oriente del país, hace 69 años, Pardo Guerra ha ocupado diversas posiciones, desde Jefe de una brigada de tanques, sustituto del Ministro de las Fuerzas Armadas para el armamento y la técnica, Inspector Principal de las FAR y Jefe del Estado Mayor Nacional de la Defensa Civil, cargo que ocupa en la actualidad. Momentos interesantes de la vida de esta familia están recogidos en el hermoso documental Los Pardo y en el libro Estirpe de Leones. Es extraño encontrar a alguien que lo llame por su nombre. Para todo el mundo es Guile. Así lo bautizaron en la Sierra Maestra y ya nadie se acuerda de decirle Ramón. Es una forma de tratarlo con cariño. El mismo cariño con que él corresponde a todos los que le rodean

LUIS BÁEZ

—¿Qué puede decirme de sus padres?

—Mi padre era español. Nació en Galicia, en la provincia de Lugo, en un barriecito que se llama Chantao.

La vieja, cubana, nacida y criada en la Sierra Maestra. Me imagino que es de ascendencia india.

PARDO RECIBE LA FELICITACIÒN DE FIDEL.

—¿Cómo llegó su padre a la Sierra Maestra?

—Buscando a su papá. Tenía catorce años. Al arribar a La Habana, en 1916, lo internaron en Tiscornia. Por medio de algunos compatriotas averiguó que su padre vivía en la Sierra Maestra. Se montó en un vapor y llegó a Santiago de Cuba. Hizo contacto con algunos gallegos, quienes le informaron que estaba establecido en la zona del Francés. Ahí se dirigió en una goleta.

Se puso a trabajar con mi abuelo, fundamentalmente, haciendo carbón. Era un gallego muy franco, honesto, valiente.

Ya en la Sierra conoció a mamá. Se juntaron. Deambularon por diversos sitios de las montañas y comenzaron a nacer los hijos. Mi papá se llamaba Manuel Pardo. Mi madre Eufrosina Guerra Ortega.

—¿Cuántos hijos tuvieron?

—Dieciocho. Tres murieron pequeños y quedamos quince, diez varones y cinco hembras. De ellos uno, Benjamín, le llamábamos Mingolo, murió en la Sierra combatiendo en Dos Palmas el cuatro de enero de 1958. El otro, Samuel, llegó a coronel. Falleció de una enfermedad hace diez años.

—¿En qué zona de la Sierra nacieron?

—La mayoría de los muchachos nacieron en Aserradero y también en el Papayo. Ahí vivimos hasta 1956 en que el viejo, en unión de otro gallego, compró una finca en Los Brazos de Peladero con el objetivo de sembrar café para mejorar su posición económica. El café se pagaba bien.

—¿Usted es de los más pequeños?

—No. Según la cronología de la vieja soy el doce.

—¿Cómo fue su adolescencia?

—A los nueve años me fui para el pueblo de Banes con un maestro llamado Iván Thompson, de la Iglesia Bautista. Mi viejo era creyente.

Este maestro, hijo de jamaicano, había sido enviado por la Iglesia a la Sierra, a dar clases. Vivía en casa del viejo.

Junto con la enseñanza practicaba su culto. Yo era uno de los más pequeños del grupo y siempre andaba con él.

En Banes estudié hasta la preparatoria para el Instituto. Ellos me estaban preparando para maestro bautista, pero no tenía vocación. En 1955, dejé los estudios y me fui a trabajar un año a Caimanera.

—¿En las Salinas?

—No. En una tienda de ropa propiedad de un moro de apellido Saad. Comencé limpiando pisos, vidrieras, hasta que llegué a dependiente.

Mi aspiración era trabajar en la Base Naval, pero no lo logré. En octubre de 1956 regresé a la Sierra.

—¿Con qué finalidad?

—Que el viejo me prestara dinero para irme a los Estados Unidos. Desde 1949 tenía dos tías que vivían en Brooklyn.

Una de ellas siempre me ayudó mucho. Me giraba dinero para pagarme los estudios.

También en sus cartas me aconsejaba que me fuera para allá. Me embulló, pero no llegué a ir.

—¿Por qué no fue?

—Por esos días se produjo el desembarco de Fidel y las cosas empezaron a cambiar. Eso me hizo modificar mis planes.

En unión de algunos de mis hermanos comenzamos a hablar de unirnos a los rebeldes, hasta que se produjo el combate del Uvero.

—¿Qué importancia tuvo para usted ese combate?

—Fue mi primer contacto con el Ejército Rebelde.

—¿Cómo ocurrieron los hechos?

—Después del combate —28 de mayo de 1957—, mi hermano Israel hizo contacto con algunos de los heridos en la batalla.

Entre ellos, se encontraban el hoy Comandante de la Revolución Juan Almeida, Vilo Acuña, Joel Iglesias, Kike Escalona y Miguel Ángel Manals. Estaban acompañados por el Che.

Históricamente, mi hermano Israel es el primer Pardo que se relaciona con el Ejército Rebelde.

—¿Cuáles fueron los primeros rebeldes que conoció?

—Al Che y a Almeida. A los dos los conozco al mismo tiempo.

—¿En qué circunstancias?

—Mi hermano me llevó adonde se encontraban acampados. Después los acompañé hasta la casa de Israel.

—¿Cómo fue el encuentro?

—Para mí resultó impresionante. Ya en esa época se hablaba mucho de los dos. A Almeida lo describían como un negro grande, valiente; y del Che se decía que era comunista.

—¿En qué condiciones se encontraban ellos?

—Almeida estaba herido. Recuerdo que el Che cargaba unos fusilones y una mochila muy pesados. Llevaba puestas unas alpargatas.

Me brindé para aliviarle la carga. Llovía mucho. Estábamos subiendo La Campana, loma muy resbaladiza, y el Che se daba unas caídas tremendas. Me daba por reírme. Él me miraba, pero no me decía nada.

En una de esas, se me cayó el fusil loma abajo. Fui y lo recuperé, pero me echó una descarguita. Ese fue el primer incidente que tuve con él por la cuestión de las armas.

Como llovía mucho tuvimos que hacer un alto en el camino. Me puse a conversar con Almeida. Me preguntó por la familia, de dónde éramos, cuántos hermanos tenía, quiénes vivían en la zona.

Me explicó la razón de la lucha, por qué se habían alzado, cómo lo hirieron. Me mostró la cuchara que desvió el tiro que le dieron durante el combate. Conversamos hasta que se acabó el aguacero y seguimos la marcha para la casa de Israel. No se me olvidará que, refiriéndose a mí, le dijo al Che: "Este es más despercudido que los demás".

Tanto Almeida como el Che se percataron de que tenía un nivel escolar distinto a los muchachos de la zona. Ahí comenzaron nuestras relaciones.

Casualmente, unos quince días antes de que se produjera la acción, al pasar a caballo por el Uvero, fui detenido por el ejército. Venía del Papayo.

Me interrogaron. Me registraron. Les expliqué de quién era hijo. Los vecinos me identificaron y me dejaron ir.

Por eso al encontrarme con los rebeldes, una de las cosas que más me impactó fue conocer que habían salido victoriosos en el combate, a pesar del buen armamento con que contaba el ejército y lo mal armados que estaban ellos.

—¿Qué tiempo permanecieron en casa de Israel?

—Alrededor de un mes y medio. Ya recuperados, decidieron marcharse. Mi hermano Israel se fue con ellos.

—¿Usted qué hizo?

—Me plantearon que me quedara, pues en ese momento no había armas suficientes.

—¿El ejército se llegó a enterar de la presencia de los rebeldes?

—Sí. Nos denunciaron. Llegó una tropa al mando de Merob Sosa. Desde que arribaron empezaron a coger preso a todo el mundo. Hicieron un registro minucioso en la finca pero no encontraron nada. Entonces decidieron llevarse preso al viejo y a otros familiares.

Cuando se iban, un cabo que conocía al viejo le preguntó a su jefe si era necesario llevarse a los muchachos. Respondió que no. Le dijeron a papá que el Capitán quería hacerle algunas preguntas.

Los detenidos fueron conducidos a un cuartel que tenían en la playa. Entre los presos había un muchacho de la zona que conocía nuestros movimientos. Cuando comenzaron a torturarlo confirmó que los rebeldes habían estado en nuestra finca y que Israel se había alzado.

A los tres días, al ver que el viejo no regresaba, comenzamos a preocuparnos. En esos trajines la esposa de uno de los detenidos había visto a papá y este le pidió que nos comunicara que nos fuéramos de la finca y a la vieja que bajara. Esa noche no dormimos.

Mamá empaquetó. Cogió a los muchachos más pequeños y arrancó para el cuartel. La vieja metió tremenda bronca. Hasta que logró que lo soltaran pero con varias costillas rotas. Lo golpearon. Le hicieron simulacro de ahorcamiento. Asesinaron a dieciocho personas.

Los guardias preguntaron por el resto de los muchachos y la vieja les dijo que se habían quedado cuidando la casa. Después de esos hechos decidí alzarme.

EL GENERAL PARDO JUNTO A RAÚL Y AL LEGENDARIO HÉROE VIETNAMITA, GENERAL NGUYEN GIAP.

—¿En qué fecha se alzó?

—El 6 de agosto de 1957. En esos momentos tenía dieciocho años. También se alzaron mi hermano Samuel y Manolito Rodríguez.

—¿A qué tropa se unió?

—A la del Che. Ese mismo día también se incorporaron los hermanos Rogelio y Enrique Acevedo.

—¿Qué tiempo permaneció en la tropa del Che?

—Toda la guerra.

—¿Qué tal era el Che como Jefe?

—Extraordinario. Muy valiente, humano, estudioso. Él se ocupaba de educarnos hasta tal extremo que todas las noches, cuando hacíamos un campamento, organizaba un círculo de estudio. Él alfabetizó a Israel y a otros combatientes.

A mí me enseñó a jugar ajedrez. Me dio clases de francés. Con él se podía discrepar, discutir. Amplio de criterios. También era muy exigente. A mí me castigó en varias oportunidades.

—¿Cuáles fueron las causas?

—En una ocasión en que estábamos combatiendo en el Alto de Escudero, yo tenía su fusil de mirilla telescópica. En el fragor de la batalla el arma se me encasquilló. Se la di a un compañero para que la sacara del combate pero al retirarnos, dejó abandonado el fusil. Al rato de estar caminando le pregunté por la mirilla y me dijo que se le había quedado.

Salí como un cohete a recuperarla. En el camino me tropecé con Camilo que me preguntó adónde iba. Le comenté que a recuperar la mirilla que Monguito había dejado abandonada. Me dijo que era muy arriesgado, pero me acompañó hasta donde pudimos avanzar.

Cuando vi al Che, le informé que la mirilla se había quedado. Me echó una bronca. Me planteó que tenía que recuperarla. Así lo hice. No obstante, me castigó a permanecer desarmado durante un mes.

En la ofensiva tenía una Beretta. En medio de un combate se me encasquilló y me puse a desarmarla. Yo la armaba y desarmaba con gran rapidez. Al verla desarmada me envió para el grupo que cubría la retirada.

—La invasión fue una extraordinaria proeza.

—Es cierto. La hicimos en condiciones muy difíciles. Éramos una tropa de unos 140 hombres. Muchos eran novatos. Los que más vivencias teníamos éramos los oficiales.

Llevábamos bastante carga, a pie, bajo ciclones, con los guardias por la derecha, la Ciénaga por la izquierda, la aviación por arriba; en momentos cruzando ríos crecidos, sin prácticos. Fueron momentos muy tensos, muy difíciles. Combatimos en varias oportunidades. Caímos en varios cercos.

La gente estaba agotada, extenuada. Te quedabas dormido caminando. Ibas a caballo y también te dormías, lo cual provocaba que te desviaras de la ruta, te perdieras o te cayeras.

A pesar de estas dificultades, el ánimo y el espíritu de la tropa siempre fueron muy combativos, con mucha seguridad en la victoria.

—¿Después del 1ro. de Enero de 1959 siguieron juntos?

—No. Aunque manteníamos el contacto. Al principio me estuvieron embullando para irme a trabajar al Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA). Iba mucho a la oficina del Che.

Un día conversando con él le dije que quería trabajar en el INRA. Me botó de la oficina. Usted no tiene que buscar nada ahí, tiene que estudiar, seguir la carrera militar, me dijo. Más nunca volvimos a hablar de ese tema.

—¿Cuándo vio al Che por última vez?

—En un acto en el Karl Marx.

—¿Supo de su viaje a Bolivia?

—No. Ni siquiera Jesús Suárez Gayol que era muy amigo mío, que estaba en eso, me habló nada. Jamás me imaginé que estuviera en Bolivia.

El Che, desde la Sierra nos comentaba que la guerra no se acababa en Cuba. Decía que había que seguir luchando. Le pedí que cuando se fuera me llevara, pero por diversas circunstancias no fue posible.

EN SU LABOR AL FRENTE DE LA DEFENSA CIVIL, EN EL ÚLTIMO HURACÁN QUE AZOTÓ NUESTRO PAÍS.

—¿Cómo lo recuerda?

—Como un gran compañero, revolucionario, muy humano, con mucho amor a la vida, una gente íntegra. A pesar de su carácter, de su forma, no tengo malos recuerdos de él. A mí me enseñó mucho.

—¿En qué actividades participó en los primeros años de Revolución?

—En los primeros meses de la Revolución, en La Cabaña, formé parte de la compañía de tanques. También participé en la búsqueda y captura de Manuel Beatón que se alzó en la Sierra Maestra. Luego me mandaron a estudiar a Checoslovaquia.

—¿Qué estudió?

—La especialidad de tanques. Al año regresé y fui designado Jefe de la primera Unidad de Tanques, haciéndome un profesional en la materia.

—¿Se encuentran bien preparados nuestros tanquistas?

—Sí. Tenemos en el país una fuerza considerable de tanquistas y de tanques. Tenemos muchos tanquistas que le quedan muchos años de motorecursos, como decimos nosotros. Son gente muy joven. Muchos estuvieron en misiones internacionalistas.

Las fuerzas que tenemos están bien preparadas, bien entrenadas. A pesar de que el periodo especial nos ha producido algunos reajustes, contamos con los recursos necesarios para una excelente preparación. Los tanquistas están listos para el combate.

—Usted, ¿cumplió misión internacionalista?

—Sí, en Angola. Permanecí tres años en el Sur y estuve uno como segundo Jefe de la Misión Militar, de la cual estaba al frente el General de Cuerpo de Ejército Leopoldo Cintra Frías (Polo). Los cubanos realizamos una gran proeza en Angola. Se actuó con mucha limpieza, honestidad, valentía y nos dio una gran experiencia. Se logró el objetivo trazado por nuestro Comandante en Jefe.

—¿En qué momento conoció a Fidel?

—Estando ya con el Che nos encontramos con la columna de Fidel. Mi hermano Israel me presentó a Fidel y a Raúl. Ahí también conocí a Ciro Redondo, Ramirito Valdés y Camilo Cienfuegos.

En muchas ocasiones le serví al Che de mensajero con Fidel. El Comandante en Jefe, al igual que Celia, estaban atentos al más mínimo detalle. Se interesaban en si habías comido, si era muy tarde, te aconsejaban que dejaras el regreso para el siguiente día. En numerosas oportunidades Fidel me escogió el camino por donde debía volver.

—¿Qué es lo que más le impacta de Fidel?

—Su visión de ver las cosas, su seguridad en la victoria. En aquellos tiempos no podía aquilatar la figura que tenía delante, tenía una visión muy limitada. Hoy, un muchacho de veinticinco años es universitario. Vive en otro mundo. Yo, entonces, era un neófito en política. También admiro mucho su sencillez, amabilidad. Donde quiera que Fidel te ve, viene a saludarte, se interesa por la familia. Es un ser insustituible.

—¿Qué tal han sido sus relaciones con Raúl Castro?

—Muy buenas. Raúl me impactó desde el primer momento que lo conocí. Me llamó la atención su temperamento. Lo vi en instantes de tensión. Estuve presente también cuando lo ascendieron a Comandante y marchó desde la Pata de la Mesa al frente de su columna para abrir el II Frente Oriental Frank País.

Es hombre muy humano. Tiene un carácter fuerte pero justo. Muy ético, de profundos principios. Es duro cuando es necesario serlo, pero tampoco escatima el elogio cuando te lo has ganado. Aparte de que es el Jefe, también es el amigo, el compañero a quien se puede acudir a pedirle un consejo. Puedes franquearte con él sin ningún temor.

—¿Cuántos Pardo estuvieron alzados?

—Siete: Israel, Benjamín (Mingolo), Eduardo, Samuel, Manuel, Joel y yo. Los tres más pequeños no se llegaron a alzar pues no tenían edad. Después del triunfo revolucionario pasaron el Servicio Militar y se incorporaron al Ejército. Posteriormente cumplieron misiones internacionalistas.

—Además de usted, ¿queda algún otro Pardo en las FAR?

—Soy el único que se mantiene en activo en las Fuerzas Armadas. Los demás se han jubilado del trabajo, pero no de la Revolución.


Fuente: Granma 

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