Uno a cada lado de un vidrio blindado. Ella, 23 años, presa política en la cárcel de villa devoto. Yo, estudiante universitario por cumplir 18 años. Mi hermana, ex estudiante de filosofía de la católica de santa fe, militante de la JUP.
Escuchame, Esteban: La dictadura es un boxeador groggy.
Mi respuesta fue: Nada que ver. Están más fuertes que nunca.
Ana (1955-2019) insistió, flaquita como nunca, pelo oscuro y lacio como siempre, insistente y bastante emocional y enfática: Negro, la dictadura es un boxeador groggy.
Yo, Están locos. Son más fuertes que nunca.
Hablábamos a través de esos micrófonos de metal en U de los locutorios de Devoto. Contaba la leyenda que abajo, en donde se unían ambas ramas, estaban re cableados. Ana en las primeras visitas me había enseñado a hablar con lengua de señas para eludir el espionaje, todavía me acuerdo de las señas. Pero no, no pasó nada. Si estaban escuchando, no se evidenció.
La conversación terminó ahí. Faltaba poco para la navidad de 1978, había terminado el mundial y el pueblo argentino no manifestaba la menor rebelión frente a la dictadura. Recién un par de años después se evidenciaría masivamente el quebranto económico del neoliberalismo.
Aquel boxeador groggy era la charla introductoria para sumar a la contraofensiva montonera. Yo para ese entonces no sabía nada de ninguna contraofensiva, recién empezaría a ver cositas meses después.
Desde hacía mucho tiempo yo, que militaba desde los 12 años en la izquierda nacional y popular, sabía que a las revoluciones no las hacen vanguardias iluminadas sino que el pueblo simplemente es su propia vanguardia. Ya lo había discutido con Ana y también con el Negro Martín (nom de guerre) que estuvo refugiado en casa y era alto responsable de Montoneros. En casa se hicieron un par de reuniones de conducción regional de la OPM Montonera y luego de alguna de ellas yo les había dicho, ¿cómo van a hacer la revolucion ustedes si son un grupo de pibes de clase media? No tuve respuesta.
Yo compartía ideales con ellos. Pero no la lucha armada en ese contexto, no como vanguardia autoproclamada. En un principio mi ídolo era Salvador Allende, pero en septiembre de 1973 un ametralladorazo en La Moneda partió al medio mi creencia en revoluciones pacíficas.
Entre los muchos que estuvieron refugiados en casa mientras el depto fue seguro estaba una mujer rubia y muy blanca, muy hermosa. Tal vez la mujer más hermosa que yo vi en mi vida. Estaba con su hijito a quien apodaban el chancho. Un bebote hermoso, casi un muñeco.
Luego, por el 75 dejé el FIP y de militar mientras los muertos florecían en las cunetas. Lo mismo hizo mi otro hermano y mi vieja, gremialista docente de izquierda.
Casi ninguno de mis amigos y/o compañeros de escuela parecía adherir a la lucha armada.
Entonces vino el golpe tan anunciado (24/03/76). Después, el 23 de marzo de 1977, Ana María es secuestrada en casa en circunstancias que ya he contado y los secuestradores casi me parten al medio de un ametralladorazo, providencialmente frenado por el jefe del grupo que abortó la ráfaga con una señal de su mano.
En abril de 1978 la dictadura trasladó a mi hermana en avión (mediando piñas, patadas y simulacros de fusilamiento) y a todas sus compañeras de prisión en la GIR (¡quedaba a dos cuadras de mi casa!) al penal de Villa Devoto en Buenos Aires, como rehenes frente a actos armados en el mundial. Poco antes habían producido la masacre de Pabellón Séptimo, como para hacer sitio...
Mucho después supe del foquismo y de de Bray a quienes había refutado por adelantado.
Un 25 de mayo de 2015 en Buenos Aires, un compañero de Gálvez me contó que, estando en prisión. él había reclutado a su hermanito de 16 para la contraofensiva. Lo último que supieron de él es que se había refugiado en unas cuevas. Me llamó la atención que no parecía evidenciar ninguna culpa.
La contraofensiva tuvo un saldo de centenares de muertos, compañeros que estaban a salvo en el exilio y que fueron obligados a volver. Juan Gelman contaba que a él lo fueron a intimidar un grupito con ametralladoras. Habían sido cumpas hasta hacía minutos, habían partido el pan y la sal, tomado mate y cantado himnos de resistencia juntos. Una de ellas era María Antonia, una compañera que sobrevivió milagrosamente a los fusilamientos de Trelew. Ella sí volvió y fue asesinada por la dictadura. Al gobierno militar no le movió la aguja ni lo más mínimo la matanza.
También cayó valientemente aquella tan hermosa chica que estuvo refugiada en casa, pareja de un alto dirigente.
A Firmenich y Vaca Narvaja los odio. No tanto como a los milicos, pero no los voy a perdonar nunca.
Tengo entendido que Vaca Narvaja dijo recientemente en una entrevista que la contraofensiva había sido un éxito. Desgraciadamente, no hubo repreguntas.
Esteban Cámara
Santa Fe, 10 de junio de 2026
