viernes, 28 de junio de 2019

Maquiavelo y el populismo

Maquiavelo (Florencia 1469 - Florencia 1527), el primer cientista social realista, ha sido tremendamente demonizado por la iglesia católica y en la cultura occidental. En lo que respecta a la iglesia, ha sido hasta acusado de complotar con los ejércitos alemanes que invadieron Roma en el siglo XVI, acusación que carece de todo sustento.
Las líneas que siguen dan por tierra con la connotación demoníaca dada al término 'maquiavélico' y también prefiguran un acercamiento a la obra posterior del mismo autor "Discurso sobre las décadas de Tito Livio", alejando a Maquiavelo de la idea de un cultor de la crueldad y de la monarquía y dejándolo más cerca de lo que plantearía favorable a la forma republicana de gobierno en el 'Discurso'.
A continuación el texto original traducido, el resaltado corre por mi cuenta.
 
El Príncipe, Cap. IX de Nicolás Maquiavelo

Veamos el segundo modo con que un particular puede hacerse príncipe sin valerse de crímenes ni violencias intolerables. Es cuando, con el auxilio de sus conciudadanos, llega a reinar en su patria. Pues bien, llamo civil a este principado. 
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Pero digo que no se eleva uno a esta soberanía sino o con el favor del pueblo o con el de los grandes
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El que consigue la soberanía con el auxilio de los grandes se mantiene con más dificultad que el que la consigue con el del pueblo; porque siendo príncipe, se halla cercado de muchas gentes que se tienen por iguales con él, y no puede mandarlas ni manejarlas a su discreción.
Pero el que llega a la soberanía con el favor popular se halla sólo en su exaltación; y entre cuantos le rodean, no hay ninguno, o poquísimos a lo menos, que no estén prontos a obedecerle.
Por otra parte, no se puede con decoro, y sin agraviar a los otros, contentar los deseos de los grandes. Pero contenta uno fácilmente los del pueblo, porque los deseos de éste tienen un fin más honrado que el de los grandes, en atención a que los últimos quieren oprimir, y que el pueblo limita su deseo a no ser oprimido.
Añádase a esto que, si el príncipe tiene por enemigo al pueblo, no puede estar jamás en seguridad; porque el pueblo se forma de un grandísimo número de hombres. Siendo poco numerosos los magnates, es posible asegurarse de ellos más fácilmente. Lo peor que el príncipe tiene que temer de un pueblo que no le ama es el ser abandonado por él; pero si le son contrarios los grandes, debe temer no solamente verse abandonado, sino también atacado y destruido por ellos; porque teniendo estos hombres más previsión y astucia, emplean bien el tiempo para salir de aprieto, y solicitan dignidades al lado de aquel al que esperan ver reinar en su lugar.
Además, el príncipe está en la necesidad de vivir siempre con este mismo pueblo; pero puede obrar ciertamente sin los mismos magnates, supuesto que puede hacer otros nuevos y deshacerlos todos los días; como también darles crédito, o quitarles el que tienen, cuando esto le acomoda.
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Un ciudadano hecho príncipe con el favor del pueblo debe procurar conservarse su afecto; lo cual le es fácil porque el pueblo le pide únicamente el no ser oprimido. Pero el que llegó a ser príncipe con la ayuda de los magnates y contra el voto del pueblo, debe, ante todas cosas, tratar de conciliársele; lo que le es fácil cuando le toma bajo su protección. Cuando los hombres reciben bien de aquel de quien no esperaban más que mal, se apegan más y más a él. Así, pues, el pueblo sometido por un nuevo príncipe que se hace bienhechor suyo, le coge más afecto que si él mismo, por benevolencia, le hubiera elevado a la soberanía. Luego el príncipe puede conciliarse el pueblo de muchos modos; pero éstos son tan numerosos y dependen de tantas circunstancias variables, que no puedo dar una regla fija y cierta sobre este particular. Me limito a concluir que es necesario que el príncipe tenga el afecto del pueblo, sin lo cual carecerá de recurso en la adversidad.
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¡Ah!, no se crea impugnar la opinión que estoy sentando aquí, con objetarme aquel tan repetido proverbio «el que se fía en el pueblo, edifica en la arena». Esto es verdad, confiésolo, para un ciudadano privado, que, contento en semejante fundamento, creyera que le libraría el pueblo, si él se viera oprimido por sus enemigos o los magistrados. En cuyo caso, podría engañarse a menudo en sus esperanzas, como esto sucedió en Roma a los Gracos y en Florencia a maese Jorge Scali. Pero si el que se funda sobre el pueblo es príncipe suyo; si puede mandarle y que él sea hombre de corazón, no se atemorizará en la adversidad; si no deja de hacer, por otra parte, las conducentes disposiciones, y que mantenga con sus estatutos y valor el de la generalidad de los ciudadanos, no será engañado jamás por el pueblo, y reconocerá que los fundamentos que él se ha formado con éste, son buenos.

Estas soberanías tienen la costumbre de peligrar, cuando uno las hace subir del orden civil al de una monarquía absoluta, porque el príncipe manda entonces o por sí mismo o por el intermedio de sus magistrados. En este postrer caso, su situación es más débil y peligrosa, porque depende enteramente de la voluntad de los que ejercen las magistraturas, y que pueden quitarle con una grande facilidad el Estado, ya sublevándose contra él, ya no obedeciéndole. En los peligros, semejante príncipe no está ya a tiempo de recuperar la autoridad absoluta, porque los ciudadanos y gobernados que tienen la costumbre de recibir las órdenes de los magistrados, no están dispuestos, en estas circunstancias críticas, a obedecer a las suyas; y que en estos tiempos dudosos carece él siempre de gentes en quienes pueda fiarse.

Semejante príncipe no puede fundarse sobre lo que él ve en los momentos pacíficos, cuando los ciudadanos necesitan del Estado; porque entonces cada uno vuela, promete y quiere morir por él, en atención a que está remota la muerte. Pero en los tiempos críticos, cuando el Estado necesita de los ciudadanos, no se hallan más que poquísimos de ellos. Esta experiencia es tanto más peligrosa cuanto uno no puede hacerla más que una vez; en su consecuencia, un prudente príncipe debe imaginar un modo, por cuyo medio sus gobernados tengan siempre, en todo evento y circunstancias de cualquier especie, una grandísima necesidad de su principado. Es el expediente más seguro para hacérselos fieles para siempre.

Un aspecto importante de lo expresado hace hincapié en la nobleza y desinterés del pueblo, en contraposición con los desplantes y demandas egoístas de los aristócratas. Pero más importante todavía es que Maquiavelo pone énfasis en la necesidad de que el príncipe sea alguien con el corazón en el pueblo y capaz de mantener su afecto. No el temor, fíjese qué notable. El afecto.
Otro concepto, tal vez más importante aún, es aquel que expresa que los aristócratas son descartables, mientras que el pueblo ... el pueblo siempre va a existir. Por eso el fundamento de los principados civiles, es atender a las necesidades del pueblo. Y la única forma de no equivocarse en cuanto a ellas, es preguntando al mismo  pueblo. Esa pregunta fundante, precisamente, es el populismo.



Esteban Cámara
Santa Fe, 27 de junio de 2019



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