viernes, 29 de junio de 2012

La pacificadora

La flaca se pasea entre los hombres con su cuerpo cimbreante. Es bastante alta. Su pelo es rubio y sus ojos marrones. Hermosa.

Apareció en el barrio de un amigo mío hace unos pocos años, casi desnutrida y con sarna. Ahora está bien. Claro, nunca va a llegar a estar gorda. No se le conoce más nombre que ese: “la flaca”.

Mi amigo la llegó a adoptar y le hizo una casita de madera en su patio.

Tiempo después apareció un gatito cachorro -Carlitos, le dicen- en ese mismo patio y, contrariamente a lo esperado, la flaca no lo atacó. Más aún, en las noches de frío dormía sobre ella luego de cansarse de mamar infructuosamente de sus pechos secos de perra estéril.

Se hizo de una amiga que vive a una cuadra, más o menos: “la negra”. Juegan interminablemente mordisqueándose y corriendo de aquí para allá como si la vida fuera una eternidad dedicada a la diversión. ¿Pensarán que van a ser por siempre cachorros? La esposa de mi amigo dice que son lesbianas, pero yo no las vi haciendo nada sexual, nunca.

A mí me quiere mucho. Siempre me entiendo muy bien con los animales, sospecho que los comprendo mejor que a los humanos y puede comunicarme mucho más con ellos. Cuando llego a la casa de mi amigo, la flaca corre desde donde quiera que esté y ladra ansiosamente al lado de mi puerta hasta que puedo bajar del auto y saludarla con unos módicos mimos.

La flaca es celosa. ¡Guay de que le acaricie el lomo a su amiga, la perra negra! La separa inmediatamente. Gruñendo roncamente muestra los dientes en simulacro del acto de morder. La otra reconoce que la jerarquía de la flaca es superior y le pide disculpas, barriga hacia el cielo y con cara de nada.

En una época tuve un perrito negro, Camilo, al cual llevé un par de veces en mis visitas a mi amigo. La flaca no le daba ni un poco de atención, a pesar de sus intentos de jugar. También lo intentaba con el gato, a esa altura ya adulto (y huraño como buen gato). Claro que con éste las cosas tendían a ponerse espesas. El gato erizaba los pelos y arqueaba el lomo suponiendo (en vano) un ataque. El inmaduro cocker negro no entendía la advertencia y seguía intentando jugar, rozando al gato reacio, cada vez más cerca de enfrentar una agresión.

En esos momentos empezamos a ver que la flaca, antes de que la cosa llegara a mayores, se interponía entre el perrito cachorro y el gato con su largo cuerpo rubio, mucho mayor que cualquiera de los potenciales contendientes. No les gruñía ni los amenazaba de ninguna manera: Su superioridad era incuestionable, porque partía de su propio convencimiento. En su actitud no había la menor duda de ello y eso mismo era aceptado y entendido por los otros dos.

Así era cada vez que la violencia se podía presagiar entre los animalitos menores. Era infalible: Allí estaba siempre la flaca para evitar males más profundos, pacificando.

A Camilo, desgraciadamente, poco tiempo después me lo mató el moquillo, pero esa es otra historia.




Esteban Cámara
Santa Fe, enero de 2007

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