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martes, 17 de diciembre de 2019

Maestra da favela

Tomado del muro de un contacto de Facebook. Lamentablemente se ha perdido el nombre de la autora original.
Imagen ilustrativa

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Fui maestra de guardería en una favela durante casi 3 años. ¿Saben cómo quedan los bebés en la escuela el día después de una "intervención" policial en la comunidad? Llorando todo el día. Mordiendo a los compañeros de clase. Sin poder casi dormir. Cuando duermen se despiertan gritando y llorando por las pesadillas. No pueden comer bien, algunos no comen todo el día, otros comen tan rápido que se enferman. En el momento de la partida, cuando aparece la primera madre, comienza el sufrimiento generalizado, una ansiedad en cada clase de bebés por cada madre que aparece y no es la de ellos. Durante todo el día anhelan afecto, pero afecto en un nivel que un educador con 20 bebés más, desafortunadamente, no puede dar sin descuidar a los otros bebés. 
Tuve una beba que tenía miedo de dormir, una vez le pregunté a la mamá por qué, y ella me dijo que todo comenzó cuando la policía prendió fuego a la favela como un mensaje para los traficantes. La casa era un desastre, muchos niños, pocos adultos, ningún hombre adulto, dos mujeres asustadas y niños aún más asustados. Solo se dormía si seguíamos tarareando, y siempre tenía que sentírse en nuestros brazos ... Tardaba 40 minutos en dormir, mi brazo comenzaba a doler, pero si cambiaba de brazo, perdía todo el avance que había hecho tratando de decirle: puede dormir bebé, puede dormir. Una bebé de piel oscura, que va a crecer y que puede morir en 12 o 13 años, pisoteada mientras se divierte en la comunidad donde nació y se crió.
¿Es esta la perspectiva que un educador tiene que tener de un estudiante? Quería soñar otros futuros para ella. ¡En realidad soñamos! Pienso en ella como doctora, maestra, astronauta. Pero el mundo materialista, estadísticamente, reserva otro destino para los niños pobres y negros. Inventaron una guerra contra una planta para matar a nuestra pobre juventud. ¿Por qué no regular las ventas de drogas para terminar con el narcotráfico y poner fin a esta guerra sangrienta? POR QUÉ Mientras el avión presidencial transporta cocaína a Europa (Bolsonaro, nota del traductor), los maestros deben hacer frente a la tarea de llevar a los niños condenados a muerte en sus regazos y abrazarlos y besarlos para que sientan que todo está bien... y nada, nada está bien. 
Es por eso que ser maestro y no luchar por la transformación radical de esta sociedad es una contradicción pedagógica.
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Del muro de Silas Correa Leite, escritor y poeta brasileño.

Traducido del portugués por Esteban Cámara

miércoles, 12 de junio de 2019

Mariela

Basado en (varias) historia(s) real(es) de Santa Fe, Argentina, barrio del noroeste, 2018.
Mariela se pasó la noche casi sin dormir, se ve que una intuición oscura le estaba dando vueltas. Algo feo había soñado, un monstruo negro, con colmillos y cola, pegajoso y amorfo que se retorcía en un líquido viscoso. No había leído a Lovecraft, pero la bestia parecía sacada de allí.
Cambió a Lucas, el de cinco, para llevarlo al preescolar, con sus ropitas gastadas y las zapatillas que no daban más. Sin lápices en la cartucherita, apenas una birome que sacó de quién sabe donde. Y en una bolsa de plástico con el cuadernito de calificaciones. Poco más. Les dió un poco de leche aguada a Lucas y al bebé, dos años. Para ella no había nada de comer. Le cambió el pañal al chiquito y se dió cuenta de que era el penúltimo de los que le habían regalado. Le puso un enterito bastante chico y rotoso, no había nada más. Limpio, no. Ciro lloriqueaba, hace días que venía comiendo únicamente leche aguada. Mariela estaba sin trabajo estable desde hacía más de dos años, cuando había cerrado la cooperativa y el papá de los nenes se había fugado, dicen que al sur. Igual, era albañil y trabajaba un día sí y tres no. Mariela changueaba lo que podía, limpiando casas, generalmente, pero cada vez salía menos laburo. Vivían en una piecita que les habían prestado porque nadie la iba a alquilar, a 5 cuadras del asfalto. El papá de ella, también albañil, había reventado en una obra no hacía mucho y el gobierno de mierda que había le negó ayuda para cobrar la indmnización y el seguro y le negó cualquier ayuda. La mamá había muerto joven cuando ella era chiquita y no le dió hermanos. Mariela llevó al nene a la escuela a pesar de la lluvia y del barro aunque generalmente lo dejaba porque no iba ninguno de los compañeritos en aquel barrio olvidado por la municipalidad. A Ciro lo dejó con una vecina joven, su mejor amiga, que tenía también un bebé y que a veces laburaba y el papá del hijo de ella le pasaba bastante plata, además de que vivía con su madre y guiso no faltaba por ahí. Seguramente hasta leche sin agua le iban a dar a Ciro, como siempre. Fue hasta el dispensario y se hizo ver por el ginecólogo porque había estado con vómitos y los pechos duros. Hacía unas semanas había salido con un pibe, también desocupado y se les había roto el forro. Salió del dispensario dos horas después pálida, transfigurada. Pasó por la casa de la vecina y le pidió que le cuide al Ciro un par de horas. Le dijo que iba a ir de nuevo hasta lo de la ex patrona para ver si le daba de nuevo algo de trabajo. Misión difícil porque la tipa se había cabreado, mal, ya que ella faltaba seguido cuando el bebé tuvo broncoespasmo y llovía y las cinco cuadras de barro eran un obstáculo imposible para una piba cansada con un bebé que lloraba y tosía paroxísticamente. 'Me cansaste, Mariela', le había dicho la última vez. Mariela nunca usó pañuelo verde, ni celeste y blanco, era como si no los viera (al celeste y blanco como una escarapela recordaba haberlo visto en casa de la ex patrona). Le pasaba por encima a todo eso, a la política, a los sindicatos. Todos eran la misma mierda. Eso le decían la ex patrona, la televisión, la maestra de Lucas, el almacenero. Y para ella no había otra. Tal vez hubiera notado que la amiga y sus hermanas tenían pañuelo verde, pero no sabía bien lo que significaba. Igual, Mariela no fue a la casa de la patrona, fue a la ferretería, que el dependiente era un ex compañerito de escuela (ella había sido abanderada y él escolta). El pibe era gay y ella siempre lo defendió, cosa no muy frecuente. Le pidió fiado 'para arreglar el tendedero'. Nunca le había pedido nada a nadie, enseñanza de su orgulloso padre. Volvió a la piecita. Paredes de ladrillo desnudo, techo de chapa con vigas de madera expuestas. No daba más. Se colgó apenas llegó, para no empezar a pensar en Lucas y Ciro y arrepentirse.




Esteban Cámara
Santa Fe, 12 de junio de 2019