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martes, 4 de agosto de 2020

La increíble y triste historia del ingenuo Macario y su cuñado estafador

Habrán notado que el título parodia La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, de Gabriel García Márquez. Bueno, eso, se trata del título y, muy vagamente, del contenido. Del estilo y la calidad, nada. Uno hace todo lo posible, pero no. Nada.

Buenas noches, no sé si me conocen. Me llamo Macario y siempre me las rebusqué para morfar, haciendo cualquier cosa.

El año pasado me vendieron barato un carro con parrilla, como para vender choripanes por la calle, tracción a sangre. La mía.

Pasó que justo me tuvieron que operar un pie, no fue nada grave pero estuve casi un año sin trabajar.

Al poco rato de la operación vino mi cuñado (ex cuñado al dìa de hoy) y me lo pidió para alquilar. Me dijo que me iba a dar 200 pesos por mes (casi nada) pero, bueno, era más que cero. Así que se lo presté.

Resultó ser flor de turro, jamás me pagó nada. Un mes era por una cosa, otro por otra. Un mes dijo que hizo mucho frío, el siguiente llovió mucho y el otro, mucho calor. Y así.

Cuando me curé me le fui a la casilla donde vivía y se había ido. Los que quedaron no sabían nada del carro, pero me dieron el dato de que a un par de cuadras estaba un compinche del tipo. Me fui hasta ahí y resultó que lo conocía. Otro malandra. Me le metí al patio de prepo y ví mi carrito. Hecho mierda, sucio, a la intemperie. El otro me quiso sangrar plata, pero yo estaba sacado. Casi lo cago a puñetes.

Por suerte el carro 'volaba', las ruedas giraban bien y me lo llevé a los pedos. Casi llegando a mi casa me dí cuenta de que el tipo me siguió con un par de truchos de su cuadra. Pero yo ya estaba en mi área y justo salió un amigo de la niñez de su casa y, juntos, nos paramos de manos. Y se nos sumaron otro par de pibes de trabajo, que me conocían y apreciaban. Los truchos amagaron armar quilombo pero no se animaron. Aparte, todos sabían que el carro era mío. ¡Si hasta le había alcanzado a pintar mi nombre antes de la operación!

Bueno, la cuestión es que lo metí en mi patio. Con unos restos de pintura lo hermosié, le puse aceite a las ruedas y le limpié la parrilla que parecía un montón de grasa y pelusa. Qué turro mi ex cuñado. A la hermana hacia un par de meses la habìa sacado cagando porque era flor de mechera y me habían desaparecido varias cosas que, me dijeron los del trueque de Zuviría que ella había andado vendiendo por ahí.

Bueno, la cuestión es que me puse a vender choripanes. El primer día no me compró casi nadie, salvo el ruso de la estación de servicio que hizo la primaria conmigo y el chino del súper, que siempre me trató bien. Yo fui el primer cliente que le compró cuando se instaló hace 7 u 8 años. El tipo es de fierro, no se olvida. Y ya habla re bien el castellano.

Otro que me compró es el cubano que vende artesanía en el centro y el venezolano que le dí refugio cuando llegó con una mano atrás y otra adelante. Es trapito por ahí por la rotonda. Pero nadie màs.

Yo pensé que era lógico porque hace rato que no me veían. Pero algo raro había, como una mala onda. Yo siempre tuve fama de buen parrillero y cuando años anteriores estuve en la misma, vendía 10 veces más. Pero como que algunos me miraban fulero. Yo no le hice nada malo a nadie, así que no entendía.

Empecé a darme cuenta cuando le quise comprar un par de tornillos y aceite al gringo de la ferretería. Me sacó cagando, me decía que le pague no sé que cosa, no sé qué cuenta. Pero yo no te pedí fiado nunca, le dije. Vos sabés Walter, yo nunca te saqué nada sin pagar, le decía. Pero no, resulta que fue mi cuñado que le sacó pintura y rayos para las ruedas y cosas así. Puso como garantía el carro, el turro. Y a mí, claro. Tardó en caérseme la ficha. Yo no debía nada. Pero el carro estaba como garantía. El tano, el panadero del barrio, no me había querido vender tampoco su pan. Una lástima porque era muy bueno y un poco más barato que los otros. El gil le había hecho lo mismo que al Walter. El carro también estaba en riesgo. Y así también con el prestamista del rioba. Me decía que si no le pagaba me iba a mandar a sus muchachos y me iban a quebrar las rodillas.

Asì todo, yo no debìa nada, pero el carro estaba puesto en garantía de las deudas que había sacado el otro. Encima se gastaba la guita, o lo que le sacaba al de la ferretería, lo vendía. Y con eso, vino y milonga con los mafiosos de su cuadra casi todos los días. Por eso el carro estaba a la miseria. Y por eso laburaba un par de días a la semana, meta joda y reposera.

Pero quien le hace entender a esa gente.

Casi nadie me compra, salvo mis amigos, el ruso, el chino, cuba y el cabezón venezolano.

Encima, también lo cagó al de la municipalidad, le regaló un chori semicrudo y el tipo casi se va al otro barrio de la infección. Así que cada vez que puede me hace secuestrar el carro y me lleva una semana sacarlo del corralón de la muni.


La joda es que, entre una cosa y otra, laburo 6 o 7 días al mes. Y vendo un cuarto de lo que podría vender.

Voy a tener que empeñar mi casa para pagar las deudas del otro malandra y hacerle un regalo al inspector para que me perdone. Me va a costar un huevo y la mitad del otro.

Pero lo voy a tener que hacer, no es cuestión de justicia, así es el barrio. Yo como ahora no puedo seguir.


Esteban Cámara
Santa Fe, 04 de agosto de 2020
Día del acuerdo por la deuda externa argentina


jueves, 25 de septiembre de 2014

El Héroe

El Héroe, de Máximo Gorki


En las épocas antiguas, existía un país rodeado de bosques impenetrables; a uno de sus lados aparecía una estepa inmensa que se perdía a lo lejos, a lo lejos, en el horizonte... 

En aquel país vivía un pueblo poderoso. Llenos de ardor y de fuerza, aquellos hombres tenían alegría de vivir y nada deseaban. Pero un día sucedieron grandes desgracias. De más allá de la estepa cayó sobre ellos un ejército extranjero y los arrojó a lo más profundo del bosque, ahí donde las nieblas flotan sobre los pantanos. 

Los árboles crecían tan cerca unos de otros, que sus ramas entrelazadas ocultaban el cielo; apenas si el sol las podía atravesar, y cuando sus rayos llegaban hasta la superficie de las aguas embarradas, los malos olores hacían sufrir a los pulmones más fuertes. Y las mujeres y los niños gemían, y tristes pensamientos oscurecían las caras de los hombres. 

Querían abandonar esos lugares malditos. Pero ¿que hacer? ¿Volver a caer en las manos crueles de los enemigos, o ir más adentro del bosque, hacia lo desconocido? Ninguno tenía animo para tomar una resolución, aunque todos eran fuertes como robles. 

Silenciosos, duros como si fueran de piedra, se veían los troncos de los árboles en la penumbra gris; en la tarde, cuando las hogueras del campamento estaban encendidas, sus ramas parecían querer enlazar a los hombres en un abrazo más estrecho todavía. Y cuando el viento sacudía su follaje, la gran voz del bosque dejaba oír un extraño gemido, un lamento amenazador, una especie de canto fúnebre para los desgraciados que se habían refugiado a su amparo. 

Continuaban pensando, mudos, respirando el vapor venenoso de las aguas; continuaban durmiendo junto a las hogueras del campamento, a cuyos reflejos parecían danzar sombras silenciosas... Y creían que esas sombras eran los malos espíritus del bosque que se burlaban de ellos. 

Nada destruye tanto el cuerpo y el alma como la falta de ánimo. Por eso aquellos hombres, poco a poco, se debilitaban y perdían la voluntad. La cobardía y el aburrimiento se apoderaban de ellos y nada hacían con sus manos, antes tan robustas. Ante los cadáveres de aquellos que cada día morían por los vapores de los pantanos, las mujeres gritaban y se lamentaban con desesperación y los llantos subían hacia el aire sombrío. Otras veces, llenos de rabia, pensaban en ir contra el enemigo aunque perdieran la vida o la libertad, porque la esclavitud y la muerte eran preferibles a aquella tortura. 

Entonces, entre los hombres, se distinguió Danko. 

Tenía la belleza y el ardor de la juventud. Los hombres hermosos siempre son valientes. Miró a sus compañeros y les dijo: 
-Hermanos, el pensamiento no resuelve, por sí solo, los problemas; necesita de la acción. Si hay una piedra en medio del camino, con pensar solamente en que es un estorbo no va a desaparecer. Es preciso la acción para sacar la piedra del paso. ¿Por qué gastar nuestras fuerzas en pensamientos tristes? ¡Levántense! Atravesemos el bosque. Como todas las cosas de la tierra, el bosque también tendrá su fin. Vamos, hermanos, ¡en marcha! 

Todos miraron al que hablaba así. En sus ojos había tanta seguridad, estaba tan seguro de la victoria, que, como un solo hombre, todos alargaron sus brazos hacia él y lo aclamaron. 

Se puso delante de todos y ellos lo siguieron, llenos de confianza. El camino era difícil. Los arboles, las ramas, se enredaban como serpientes, formando una pared casi impenetrable; todos los días alguien moría en las profundidades del pantano. Cuanto más adelantaban, más el bosque y el pantano multiplicaban sus peligros; y más se agotaban las fuerzas de los hombres. 

Empezaron a oírse quejas. Se dudó de Danko, decían que era muy joven y sin experiencia. 
-Va sin rumbo... Nos extravía... 

Pero Danko iba siempre adelante de todos, a la cabeza, sin perder su coraje y seguro de triunfar. 

Un día una gran tempestad hizo oír su amenazadora voz y al bosque lo envolvió una gran oscuridad, como si todas las noches, desde el nacimiento de la tierra, hubieran juntado en aquel lugar su horror angustioso. 

Bajo los árboles gigantescos caminaban los hombres pequeñísimos, y las plantas robustas le doblaban como rosales. Zigzagueaban los relámpagos lanzando, a través de la noche, sus garras luminosas, como para apresar a los seres perdidos que escapaban, tan pronto encandilados por la luz como hundidos en la oscuridad. 

Por fin se detuvieron, extenuados, y rodearon a Danko. Empezaron a gritar: 
-¡Nos ha engañado...! ¡Nos ha perdido... ¡Muera! ¡Muera! 

De repente, la tormenta se calmó. Un último relámpago, como un presagio, pareció confirmar las palabras de los hombres, y un estremecimiento de placer pasó sobre las cimas. 

-¡Hombres débiles! -gritó Danko-. Ustedes me eligieron como guía. Conozco el fin y a él voy, sin hacer caso de las dificultades. Pero ustedes se dejan desilusionar por la extensión del camino y no conservan ni el valor ni la fuerza. Y es un rebaño de corderos lo que yo llevo detrás de mí. 

Otra vez el bosque escuchó gritos de muerte. Danko miró a aquellos por quienes se había sacrificado y vio que eran semejantes a las bestias. Detrás de los ojos que lo miraban no había almas. Comprendió que ninguno le tendría compasión y, ante esa ignorancia, estalló la ira en su corazón. Luego sintió una piedad muy grande, una angustia tremenda, y pensó que, sin él, aquel pueblo querido caminaría hacia la muerte. Y entonces sintió más necesidad de salvar a aquellos miserables. Este deseo iluminó su mirada, pero, sin comprenderlo y para luchar contra él, se apretujaron más estrechamente a su alrededor. 

Y la muchedumbre vociferaba sin cesar; los relámpagos herían la noche y el bosque murmuraba siempre su triste canción. 

Permaneció con la frente en alto; sus ojos brillaban, llenos de todo su amor. 

-¡Sálvalos! -se gritó con una voz que dominó los ruidos de la tormenta. 

Y entonces, abriéndose el pecho con las uñas, se sacó el corazón y lo levantó en alto, con las dos manos, por encima de su cabeza. 

El corazón iluminaba como el sol. 
De repente el bosque quedó en silencio, y ante la llama de amor, la oscuridad retrocedió, cediéndole el sitio. Sobre los mismos yuyos, a ras de las aguas estancadas, la luz se extendía... 

-¡Vamos! -gritó Danko, y echó a caminar. Con paso seguro, ocupando su lugar; siempre en alto, para mostrar el camino, el corazón luminoso. 

Todos le siguieron. El bosque, sorprendido, sacudió su ramaje y nuevamente hizo oír sus rumores. Pero los pasos seguros de los hombres apagaron su voz. Porque ahora marchaban todos sin miedo, guiados por la luz del corazón llameante, dominados por una fuerza irresistible y mágica. Aún caían muchos, pero morían contentos, sin una lágrima, sin un lamento. 

Danko caminaba siempre delante de sus compañeros, sosteniendo su corazón rodeado de luz. 

Y de repente el bosque, como si se declarara vencido, les dejó libre el paso y se separó de ellos, cerrando después su espeso muro. Con todo su pueblo, Danko entró en la luz, en el sol, en el aire puro que perfumaban las plantas. 

La tempestad había quedado atrás. El sol extendía su resplandor sobre la estepa ondulada cubierta de flores. Miles de gotas de rocío brillaban entre la hierba. 

Atardecía. Los rayos del sol se ocultaban, coloreando de púrpura las aguas del río, cuyas espumas se volvían rojas como la sangre que manaba del pecho de Danko. 

Moribundo ya, miró por última vez la estepa inmensa en que su pueblo, ahora libre, iba a vivir. Y el héroe cayó al suelo y murió. 

A lo lejos, los árboles admirados murmuraron; sobre el césped salpicado de su sangre, corrió una brisa. Pero los hombres alegres, llenos de esperanza, no pensaban ya en él y no se daban cuenta de que el corazón ardiente llameaba siempre al lado del muerto. 

Uno de ellos lo vio de pronto y, con prudencia lo aplastó con el pie. 

El corazón de Danko despidió aún algunos resplandores; luego se apagó. 

Y es de este corazón de donde salen todavía las luces azules que, antes de la tormenta, brillan en la estepa como pequeñas lenguas de fuego. 



Máximo Gorki (1868-1936)

miércoles, 25 de diciembre de 2013

La invasión de las abejas

I
En septiembre de 2005 empezamos a ver las primeras abejas en nuestro patio. Luego de unos pocos días, caímos en la cuenta de que estaban instaladas en algún lado de nuestra propiedad. Poco después vimos que entraban y salían desde unos agujeros que nos habían dejado unos pésimos albañiles. Un hueco en una pared que da al patio, originalmente previsto para colocar una ventana en la pieza nueva, había sido mal cerrado. El recinto en cuestión era la habitación construida en donde primero estuvo la cochera y que, al pasar ésta al fondo de la propiedad, fue convertida en dormitorio.


Entre el cielorraso de yeso y el techo de loza de esa habitación hay un espacio de unos 15-20 centímetros y allí se había alojado la colmena. Sus integrantes entraban y salían de ese espacio a través de los intersticios mal revocados que ya mencioné. En el patio, y en sus cercanías, hay numerosas plantas de las que podían libar su néctar…

Intentamos ahuyentarlas con humo e insecticidas varios en muchas ocasiones pero, al no poder hacer ingresar el humo y los vapores tóxicos en el espacio que alojaba la colmena, los insectos siguieron allí. 

Pasó el tiempo y la comunidad de abejas se fue haciendo más y más grande. Incluso intentamos tapar los agujeros de la pared para que no pudieran acceder más, pero ya eran tantas abejas que nos atacaron ferozmente, impidiéndonos trabajar con comodidad. Como consecuencia de ello, algunos agujeros quedaron abiertos y el problema siguió vigente. 

Al principio sólo recibimos algunas picaduras, pero temíamos por nuestra hija de menos de un año, Irina. La situación se volvió mucho más grave cuando se hizo (o hicieron ellas) un agujero en el cielorraso de la pieza y empezaron a entrar a la casa. También nos pareció que pasaban a través del caño del ventilador de techo, el que a su vez dejó de funcionar por esos días. Fue así que sellamos todos los posibles huecos de este aparato con cinta adhesiva e impedimos su paso.

Todos los días matábamos entre cinco y diez insectos. Cierto día en que nos fuimos toda la tarde, al volver nos encontramos con que habían entrado varias decenas. Dejamos a Abigail de 10, Julieta de 5 y a Irina en el comedor, cerramos la puerta de la pieza y comenzamos a matar abejas, tratando de que no nos piquen a nosotros. Yo en particular soy alérgico y el resultado de un aguijonazo es bastante dramático, con gran inflamación y dolor.

Esa tarde, cuando terminamos de matar a todas las que había en la pieza y sellar el agujero del cielorraso con yeso, decidimos llamar a un fumigador. Esa misma noche se volvió a abrir el hueco en el cielorraso (¿lo reabrieron ellas?) y aparecieron otras dos grietas más. Tuvimos que abandonar la habitación a las abejas

Para la tarde siguiente, cuando se hizo presente el experto, las abejas se contaban por cientos dentro de la pieza. Zumbaban ensordecedoramente y habían comenzado una nueva colmena en uno de los ángulos de la invadida estancia. Parecían las dueñas del inmueble.

El hombre se puso un traje blanco que le cubría todo el cuerpo y una máscara transparente y entró a la pieza invadida. Aplicó un líquido blancuzco dentro del espacio que ocupaba la colmena, colocando el pico del aspersor por los huecos del cielorraso, los mismos hechos por las invasoras, y de la pared exterior. Luego dispuso un polvo amarillento en todos los lugares de paso o aposentamiento. El proceso duró unos 45 minutos. Cuando volvimos a entrar, luego de una espera de unas dos horas para que se disipen los tóxicos, todas las abejas de la pieza estaban muertas, sus cadáveres tapizando el piso. También había cantidades de pequeños cuerpos inmóviles o agonizantes en el patio. No volvimos a ver ninguna volando.

No obstante, el fumigador nos explicó que en donde hubo un panal tienden a aparecer de nuevo una y otra vez. Es casi imposible controlarlas. Era imperativo que sellemos todos los huecos del cielorraso y de la pared, de ser posible al día siguiente. Pero aún así no sería extraño que volvieran.

Unos cuantos días después tomé el cemento que había adquirido el mismo día de la desinsectación, una cuchara de albañil y una espátula y me puse a trabajar para sellar los agujeros que daban al exterior. Paralelamente fueron sellados con yeso los del cielorraso.

Trabajé durante unas dos horas dado que, además del hueco de la ventana fallida se había hecho, entre la loza y la pared de ladrillos, una grieta que se prolongaba por casi tres metros. A lo largo de ésta había unos cuantos agujeros por donde los insectos podían entrar y salir. Sellé todos los intersticios lo mejor que pude, aún con la incerteza propia de mi falta de experiencia en la materia. 

Afortunadamente, el sellado había quedado perfectamente hecho. No debíamos temer nada por ese lado. Por ese lado, al menos.

II
Unos diez días después de la fumigación volvimos a ver algunas abejas en la pieza. Ya no se veían más en el exterior.

Revisamos el cielorraso y no tenía ningún defecto. Lo mismo las grietas de la pared exterior. No podíamos explicarnos desde dónde entraban y al principio pensamos que provenían del exterior, no obstante no veíamos ninguna en el patio o en la vereda.

Yo empecé a mirar con aprensión los caños de la luz y sus salidas, interruptores, cajas y ventilador de techo. Hasta que vimos que algunas se filtraban por las cajas de distribución de cables y empezamos a escuchar el zumbido que provenía del espacio cielorraso-loza, sobre todo cuando arreciaba el calor. Estábamos en pleno verano.

¿Cómo era posible? Los insecticidas habían matado evidentemente a todas las abejas. Más aún, por algunos días no se vio a ninguna, ni hubo ni el menor indicio de su presencia. Se me ocurrió que las larvas quedaron vivas en sus celdas y, luego de eclosionar, empezaron a buscar la salida de su encierro casi perfecto.

Sellamos con cartones y cinta adhesiva cualquier conexión eléctrica en un ensayo de prueba-error casi interminable: cada vez pasaban menos abejas, pero siempre encontrábamos alguna nueva hendidura que sellar.

Por cerca de dos semanas, el zumbido al atardecer era intenso, ominoso. 

Llegó al fin el día en que dejaron de filtrarse en nuestra casa. Pero el sonido de su vuelo encerrado, siguió escuchándose unos cuántos días más, hasta que cesó, temporalmente.

III
Luego de un paréntesis de unos diez días, nuevamente arreció el rumor sobre el cielorraso, todas las tardes. El ruido parecía filtrarse dentro de mi pecho y confundirse con una fuerte disnea. Recordé a esos monstruos que se resistían a morir en las películas de terror baratas.

Esta vez, en cambio, las medidas de aislamiento demostraron ser perfectas y, no sin ahorrarnos varios días de expectante zozobra, cesó al fin el zumbido.

IV
Han pasado muchos meses, estamos en primavera de nuevo. Por fortuna parecemos habernos librado de ellas.







Esteban Cámara
Santa Fe, Argentina, noviembre de 2006

viernes, 7 de septiembre de 2012

La corrida

Cierta tarde lenta de mate y porro a orillas del Ubajay me contaban:

Uno de mis amigos, Alexis, el flaco de rulos que estaba en casa el otro día, vive con su padre y la pareja nueva de éste. No la soporta a la vieja, bah, el padre parece que tampoco. Pero la vieja cobra una jubilación bastante grossa.


Una noche estábamos fumanchando y tomando birra, Alexis, el Pony y yo y el Ale empieza a destilar ponzoña contra la vieja, como siempre. No le afloja un mango, lo quiere hacer levantar temprano, que estudie. Y si no que trabaje. 'Limpiá tu cuarto' y cosas así.




Con el Pony lo gastamos como siempre y lo animamos a que le pegue, pero el loco no compra: no es tan loco. El viejo y él viven dulce, la vieja les da casa, auto y los alimenta. Bueno, el viejo algo changuea pero ni comparación con lo que aporta la mina.




Esa noche el loco nos cuenta que la vieja no sabe usar los cajeros automáticos y saca toda la guita de una el día de cobro. Va a la sucursal del banco de Aristóbulo y Galicia como a las 10 de la matina, sin falta.




Ahí debe haber sido que me brillaron los ojitos. - Perá, perá, le dije. ¿Siempre ahí, siempre a la misma hora? El Pony me miraba con cara de boludo, no sé si porque se avivó lo que yo estaba pensando o por el porro o si era la misma cara de pelotudo de siempre. Pero creo que no, y eso me animó.



- Sí, me respondió el Ale. Es un relojito. A lo sumo se puede atrasar o adelantar 15 minutos.



- ¿Y la jubileta es grossa, no?



El flaco meditó un rato, como balanceando. Suspiró. Y sí, dijo al final. ¿Qué pensás, Dany?, me dice. El Pony sigue mirando fijo y me doy cuenta de que lo raro no es la cara de opa, sino el mirar fijo. Él siempre tiene cara de gil y anda mirando para cualquier lado, nunca te mira a la cara, siempre sonriendo con cara de boludo feliz. Un ojo mira para un lado y el otro para el otro. El ojo más perdido es un mucho más claro que el otro, casi verde. No es normal.




¿Cuándo cobra?, pregunto. El flaco no sabe. Creo que junto con tu viejo, me dice. ¿Te acordás de esa vez que lo acompañamos, hace un par de meses?, la forra de mierda cobraba también ése día.



Me voy a la pieza, mi viejo está verde como siempre, rodeado de botellas vacías. Respira mal, es gordo, fuma y vive borracho, mal.

¡Eh!, ¡eh!, le grito varias veces y le sacudo el hombro.


-¡Dejáhinchà, pendejoooooooo!, me grita, como siempre que lo despierto de la mona.



¿Cuando cobrás, Pa?, decime y te traigo un par de porrones.



Se sienta en la cama y se frota la cara. Prende el velador. ¿Qué es hoy?. Domingo, le digo. 



¿Mañana o tarde? Noche. Ni se da cuenta de que está todo oscuro afuera, pobre viejo.



Me dice con su voz carrasposa: -¿Me vas a cagar el sueldo? -No viejo, nunca te cagué.



- (¿Tan crápula soy?), pienso.



-'Bueno, si me cagaste no me acuerdo', me concede. 'El viernes cobro', me dice. Ni me imagino como hace para saber, pero es lo único que sabe en la vida: El día de cobro.



-Lesssssto, le digo. Y lo mando al Pony a que compre varias birras más. Mi viejo será un borracho pero jamás lo cagué, ni lo voy a cagar. De no ser por él mi vieja me hubiera tirado en alguna zanja. De entre sus curdas, el viejo se las arreglaba para darme de comer y cambiarme los pañales. Hizo lo que pudo con la escuela, pero bué, fue más difícil para él. Igual, terminé la primaria, me contaría después a mí.


Una vez que nos reunimos los tres vagos de nuevo les digo: El viernes nos vamos a Aristóbulo a eso de las nueve. Yo sé que va a ser duro que se levanten tan temprano, pero, bueno. Estamos casi sin un mango.


El jueves a la tarde pasé por la casa de un pibe que es bien gamba y me dió un par de bicis de las hermanas. A cambio le dejé la de mi novia. 




Viernes a la mañana, Aristóbulo al 7100.




Ale vino para marcar a la vieja. El Pony le va a manotiar el bolso y rajar en una de las bicis. Y yo lo voy a seguir en la otra bici y a darle cobertura en el escape.




- Ahí está, nos dice el flaco. La vieja pituca, de tapado y pintarrajeada como una puerta, entra al banco.




Al poco rato sale y nosotros, el Pony y yo, estamos a unos metros al sur de la puerta del banco. Ale mira desde lejos. La vieja agarra para el norte. Lo codeo al Pony. Me mira aterrado. Lo codeo de nuevo y le amago un cabezazo. Él niega con la cabeza. No, me dice. Está temblando el gil. Después de todo es sólo un borracho bobo y un vago. 



Entonces me la juego yo. Arranco por la vereda a todo pedo y le zafo la cartera a la tipa, empieza a gritar con voz muy finita. Ni me acuerdo qué gritaba, sólo sé que te rompía los huevos.



Voy hasta Galicia rápido, por la vereda. Doblo a la derecha y bajo a la calle. Un vigilador civil me ve y la ve a la vieja gritando. Empieza a los gritos, también y tengo la puta suerte de que justo venga un patrullero por Galicia en dirección contraria. Le doy como loco a los pedales, si llego a General Paz, ahí nomás está la vía y si le meto por ahí, me salvo. Loscanas del patrullero pierden un par de minutos por el tráfico y escuchando la descripciòn del vigilador. Cuando el coche puede dar la vuelta en el semáforo de Galicia y Aristóbulo, yo ya doblé contramano hacia el sur por Necochea y le llevo varias cuadras, pero ... la puta, se me sale la cadena de la bici. La pongo de nuevo y se vuelve a salir a las dos cuadras.




Tiro la bici de mierda y me voy corriendo para el este, hasta la vía. Llego con poco margen y dos miliquitos se bajan del auto y me siguen. Yo corro rápido y tengo chances. Uno es gordo y larga el bofe enseguida. el otro no. Es pibito, es flaquito, ¡es más rápido que yo!




Entonces me meto por las casas. Voy saltando tapiales y un perro de mierda me muerde la pantorrilla. Entro y salgo por el laberinto de patios sin ver a nadie humano, sólo perros. Se ve que medio me perdí porque en uno de esos patios me cruzo con el canita. Es nuevito, menudito y morocho, parece que no tuviera más que un par de días en la fuerza y me mira con un cagazo importante. Ni siquiera amaga a sacar el arma. Le entro como mejicano al picante. Le pego un montón, en la cabeza y el cuerpo. Ni se queja. Sólo se queda llorando bajito y casi temo que empiece a llamar a la mamá. Lo dejo en paz. Sigo saltando tapiales y me doy cuenta de que estoy perdido. Estoy en el barrio La Lona, cerca de mi casa, pero me perdì. 




Salgo a la calle justo a menos de 50 metros de otro patrullero, agotado por la corrida y la paliza. ¡Mi puta suerte! Me agarran entre varios milicos y me meten al coche. Me llevan a la 11, me sacan la guita, el cinto, el reloj y las llantas y me empiezan a dar entre varios. Piña tras piña, sin decirme más que insultos. Pido al médico policial y se me cagan de risa, como siempre.




Me mandan a una celda en solitario y me duermo sobre un catre meado. Calculo que debe ser viernes a la noche, perdí la noción del tiempo en la cagada a palos que me dieron. Capaz que me desmayé un par de veces.




El lunes a la mañana siento ruido de llaves. Pienso: Me van a llevar a tribunales, qué rápido. Raro.




El que me busca en la celda es el subcomisario. Más raro. Me da un par de cachetazos más y luego me dice: - Salís libre, pelotudo. Pero si llegás a contar algo de esto, nadie más te vuelve a ver.



Me lleva a la calle y se queda mirando mientras me voy, descalzo, despacito.



- No entendía lo que mierda había pasado. Yo, con varios antecedentes, esta vez seguro que no la zafaba. Hasta causa federal tenía y si me llevaban a Tribunales iba a salir a flote toda la mierda.



- Dejé pasar unos días y lo hice llamar al Ale a la casa de mi primo. Vino. No podìa creer que estuviera libre. A la vieja la llamaron el lunes al mediodìa a la seccional y le pusieron para que reconozca a un pibe de 12 años. Nada que ver, obvio que no era yo, que tengo 27 (y parecés de 30, pienso, pero no le digo). 


- La guita nunca apareciò, ¿entendés?, me dice: - Los canas de la tercera le garcaron la guita a la vieja.


 




Esteban Cámara
Santa Fe, 06 de agosto de 2012

lunes, 2 de julio de 2012

El liberpul (cuento tipo novela negra, fragmento)

Contiene elementos de violencia y lenguaje que podria resultar inapropiado para algunas personas

Viví al lado de ese club de barrio durante cerca de una década. Incluso una de las medianeras de mi casa con el humilde club era de alambre tejido y estaba rota. Y así fue durante muchos años.

Lo fuerte en el Club Liberpul eran las bochas, aunque también había cancha de basquet y fútbol 5 para alquilar, un par de salones para que las viejas hagan gimnasia y el típico bar de club de barrio, con huellas de caminos de cucarachas en el piso de baldosas y cáscaras de maní por todas partes.

La zona del club supo ser un barrio de obreros, pero con el progreso de la ciudad hacia el norte se había convertido en casi el centro geográfico. Había prosperado, se habían mudado comerciantes y profesionales y las casas bonitas estaban ganando la batalla contra los pequeños chalets de techo a dos aguas que fueron la norma en un principio.

Una mañana de sábado, cuando me estaba levantando, siento golpes y gritos que venían del lado del club. Me pareció distiguir la voz del Píter, un flaco un poco mayor que yo que estaba de sereno allí a cambio de habitación. Era un buen tipo, callado y un poco lento, tal vez a causa de los litros y litros de alcohol que tomaba con disciplina espartana.

Volviendo a esa mañana, la cosa no me gustó nada y me puso en alerta. Pocos segundos después, cuando me disponía a ir al club a ver qué pasaba, vi una silueta que se metía en mi casa viniendo del tejido roto que separaba del club. Me agazapé detrás del bargueño y esperé, luego entraron dos más. Uno parecía mayor, de cerca de 30 años o más, corpulento y tenía una pistola en la mano. Los otros dos eran chiquitos, adolescentes. Uno de ellos tenía un revòlver viejo y el otro un cuchillo.

Para colmo la noche anterior había ganado en el casino mucha plata, nunca había visto tanta. Esto fue una casualidad, nadie sabía que yo había ganado eso, era un empleado con ingresos medios, bastante amante de la joda y nunca me sobraba nada a fin de mes. Lo del asalto doy por descontado que fue al boleo. Seguramente entraron al club por las botellas de vino del bar y lo que hubiera en la caja registradora. Al ver mi casa, quisieron reducir a quien estuviera allí: Son oportunistas: Vieron la vivienda bastante equipada, salvo la medianera y creyeron encontrar mejor botín.

Vi que mi única posibilidad era sorprenderlos saliendo a la atropellada y escapando por el pasillo hacia la calle. En eso uno viene hacia donde estaba yo, aunque sin verme. Salí a todo vapor por el otro lado de la mesa, hacia la puerta que conecta el living con el patio y la inexistente medianera con el club. El pibe dio la alarma a sus compañeros con tan mala suerte para mí que justo el tipo mayor estaba yendo hacia la misma puerta por la que yo necesitaba salir. Me atajó con sus brazos y enseguida me cayó encima uno de los pibes, el otro se quedó mirando mientras los dos restantes me pegaban y amenazaban.

- ¡Quedate quieto, puto! Me gritaban y me insultaban también.

Yo siempre fui corpulento y de hacer mucho deporte (boxeo y taekwondo, entre otros) y les opuse mucha resistencia. Pegué tanto como recibí, tal vez mas, gracias a rapidez de manos y acostumbramiento al castigo. Después caí en la cuenta de que debían haber perdido las pistolas en el forcejeo.

- ¡Danos la plata y no te vamos a hacer nada!, repetían, pero yo, o no les escuchaba o estaba muy aturdido.

Estaba enfurecido, impermeable a todo lo que no fuera la rabia que sentía, mezclada con miedo y dolor por los golpes. Pero había mucha rabia.

En eso encuentro el adoquín que uso para que la puerta del patio no se cierre, en verano. Sin pensarlo le di un fuerte golpe en la cabeza al tipo más grande. Justo unos segundos antes les había dado a cada uno sendas fuertes piñas en la cabeza. En ese momento vi que el tercero había recogido una de las pistolas y, esperando a que se defina el combate cuerpo a cuerpo, me apuntaba...

(fragmento, link para descarga: https://El Liberpul.pdf)