domingo, 21 de julio de 2013

El pequeño que valía por cien


Foto de Roberto Rodríguez antes de ser El Vaquerito, el pequeño y fantasioso guerrillero de la valentía gigante.
Roberto Rodríguez Fernández había nacido guajiro en la zona de Perea, entonces provincia de Las Villas (hoy Sancti Spiritus, casi en el límite con Ciego de Ávila), un 7 de julio de 1935. Tuvo varios empleos de mísera paga hasta que decidió incorporarse a la rebelión de Fidel. Cuentan que llegó descalzo en un contingente que guiaban Celia Sánchez, Haydeé Santamaría y Marcelo Fernández Font, después de deambular un mes en la selva y los guerrilleros no querían aceptarlo porque lo veían pequeño y enfermizo. Pero él pudo hablar por fin con Fidel y su convicción convenció al gigante y fue aceptado. Nada podía frenarlo, ni la selva. 

Celia Sánchez le dió un calzado grabado, el único adecuado para sus pequeños pies y un gran sombrero de guajiro y todos lo mentaron 'El Vaquerito'.

Empezó como mensajero, luego combatiente y su arrojo pronto lo llevó a ser ascendido a teniente en la Columna Uno. Pero cuando se enteró de que la columna del Che, la Cuatro, iba a ser enviada a Las Villas pidió ir allí, aunque sea como soldado raso.

El Che cuenta en Pasajes de la Guerra Revolucionaria (p. 74-75, citada al final) que cierta vez le preguntó a El Vaquerito por los empleos que había tenido. Su comandante, sigilosamente, se puso a hacer cuentas con un papel y un lápiz. Luego de todo el recuento, el relato sólo parecía ser posible si El Vaquerito (entonces de poco más de veinte años) hubiera empezado a trabajar cinco años antes de su nacimiento...

"De su vida entre nosotros, recordamos todos su extraordinaria alegría, su jovialidad ininterrumpida y la forma extraña y novelesca que tenía de afrontar el peligro. El Vaquerito era extremadamente mentiroso, quizás nunca hubiera sostenido conversación donde no adornara tanto la verdad que era prácticamente irreconocible, pero en sus actividades, ya fuera como mensajero en los primeros tiempos, como soldado después, o jefe del pelotón suicida, El Vaquerito demostraba que la realidad y la fantasía para él no tenían fronteras determinadas y los mismos hechos que su mente ágil inventaba, los realizaba en el campo de combate; su arrojo extremo se había convertido en tema de leyenda cuando llegó el final de toda aquella aventura que él no llegó a ver." Che Guevara, Pasajes de la Guerra Revolucionaria, p. 75.

Parece que a la realidad a veces hay que ayudarla, condimentarla con un poco del material del que están hechos los sueños de los niños. 

Así, Roberto se ganó el derecho de ser el capitán de un grupo al que no tardaron en denominar el "Pelotón Suicida". Cuenta el Che que a este pelotón se le moría un soldado casi en cada refriega y luego, al querer reemplazarlo prácticamente el resto de la columna  cuatro aplicaba para el dudoso honor de arriesgar inmoderadamente la vida. Las escenas de dolor de los rechazados conmovían hasta la hosca firmeza del Che.

Dicen que al intimar la rendición en un cuartel y demorar los sitiados para hacerlo, Roberto se tumbó en un camastro y les dijo como con fastidio: "cuando estén listos para rendirse, me avisan". Esto pareció desmoralizar del todo a los soldados enemigos y se fueron entregando, dejando al oficial al mando solo. Y éste, finalmente, se rindió.

El Vaquerito, en todo su esplendor de combate. Hoy una escultura basada en esta foto se encuentra en la Plaza enfrente de la ex Jefatura de Santa Clara.
En el último día de la guerra los rebeldes asediaban la jefatura de policía de Santa Clara, haciendo trabajosos agujeros por las medianeras de las casas. Así, El Vaquerito se fue acercando hasta unos 50 metros de la guarnición. Desde allí disparaba sin temor a la muerte, el pecho descubierto a los enemigos, cuando un tiro le atravesó el cráneo. 


Presuroso el comandante doctor, el guerrillero heroico, llegó hasta el pequeño cuerpecito y se dio cuenta de que, aunque aún se moviera, no tardaría en morir y así se lo dijo a Aleida March. 

Muchos niegan que el Che hubiera dicho allí: Me han matado cien hombres. Pero si no lo dijo, esto nos sugiere que hay cosas que aunque no ocurrieran, son ciertas.

En Pasajes de la Guerra Revolucionaria el Che conmemora ese infausto día “... recuerdo que tenía el dolor de comunicar al pueblo de Cuba la muerte del Capitán Roberto Rodríguez “El Vaquerito”, pequeño de estatura y de edad, jefe del Pelotón Suicida quien jugó con la muerte una y mil veces en lucha por la libertad". Era el 30 de diciembre de 1958, a pocas horas de la victoria.

Hoy El Vaquerito descansa junto a muchos de sus compañeros en Santa Clara, en el Mausoleo del Frente de las Villas, muy cerquita del arropo de su jefe que tanto lo quería. Y la entonces jefatura de policía, lugar de tortura y represión, ha sido transformada por la revolución en escuela secundaria.


Pasé por tu tumba un martes de este mayo, Vaquerito, como una polilla circunvoluciona un foco de luz. 
Y, no sabes: ciertas nubes se obstinaban  
en asemejarse a botas vaqueras iluminando el cielo de Santa Clara. 

El Vaquerito, ya finado y con insolencia postrera, tomó la jefatura de policía y la transformó en lugar de enseñanza y progreso juvenil por el resto de los días.

Y yo digo: 
¡Ojalá tu coraje sitie y conquiste los corazones 
de los militantes populares de todo el mundo!




Fuentes:
EcuRed
Libro Pasajes de la Guerra Revolucionaria, Cuba 1956 – 1959. Edición anotada. Por Ernesto Che Guevara. Editora Política, 2008. 362 pág. ISBN 978-959-01-0829-7, cuarta edición.
Blog Santa Clara, La ciudad del Che


Esteban Cámara
Santa Fe, julio de 2013

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