miércoles, 7 de noviembre de 2012

La fuerza

Coca en 1939
La Coca, Elsa Leda García, tenía cincuenta y dos años, seis meses y nueve días a las nueve de la noche del 23/03/1977. Me disculparán la falta de precisión, pero no sé a qué hora nació. A esa hora se la llevaron secuestrada a mi hermana Ana María, de 21 años, cuatro meses y veinte días de edad.
Madre e hija (Ana), 1956
Ya he contado las circunstancias del secuestro, cautiverio ilegal y torturas de mi hermana. Sólo digamos que hoy está bien, aunque su hígado parece haber pagado por aquella barbarie. A veces un órgano sufre por todo el cuerpo, a pesar de que su enfermedad es congénita y se presenta en una persona de cada trescientas mil. Pero el estrés, los nervios, el dolor, la impotencia seguramente hicieron su maldita faena. La picana, las heridas, las quemaduras, los puñetazos, los insultos, los fusilamientos simulados, el odio y sadismo injustificado de aquellos hijos de puta... probablemente también.

En fin, mamá estaba divorciada desde hacía una década. Llevaba 34 años ejerciendo la docencia, desde los 18 años en los que egresó de la Escuela Normal de Santa Fe con el título de Maestra Normal. Había nacido un 13 de octubre de 1924, en Santa Fe. Siempre contaba hechos de su infancia, tan feliz y llena de travesuras en general. Cierta vez, el viejo médico de la familia le detectó un problema de columna cuando tenía apenas dos años. A la Cocona, como el Dr. la llamaba, la operó él mismo en el Hospital Cullen y no tuvo nunca más problemas. Creo que con esas anécdotas me transfirió el valor del recuerdo, del afecto, de los momentos compartidos, ese capital que atesoramos en mi familia.

Empezó a trabajar como maestra, apenas egresada de la Escuela Normal San Martìn de Santa Fe, en un pueblito de la cuña boscosa santafesina. Margarita, se llama el pueblo. Ella y su carácter fuerte, aunque amable y respetuoso. “La señorita Coca se las aguanta”, diría un “alumnito” de 14 años y manos como adoquines, famoso por haberle pegado a otra maestra pero que a ella no se animaba a levantarle ni la vista.
Beba, la hermana mayor, Coca al lado de su papá Lorenzo Ángel García, Judith parada (la 2da. hija), Daysi, la menor, en brazos de su madre Felipa Neri Vigil, cerca de 1926.
Coca era la tercer hija de un empresario cerealero santafesino: Lorenzo García, de García Hermanos, que falleció de cáncer de pulmón durante el servicio de la Coca como maestra rural, en la década del 40. Mi abuela y mis dos tías solteras quedaron en pampa y la vía por la traición del hermano-socio de la cerealera García Hermanos y del abogado familiar. Tuvieron que mudarse a Córdoba, la abuela Felipa y las hijas mayor y menor, para estrenarse en el oficio de hosteleras. Obviamente, no duraron mucho y dieron con sus huesos por la ciudad capital de esa provincia, trabajando para un bioquímico. Todavía siento un tirón de nostalgia cuando paso por una de esas casas señoriales de varios pisos que abundan en Santa Fe, parecidas a la que albergaba aquel laboratorio y el refugio de la derrota de mis parientes. Recuerdo que mi tìa Daysi, la menor, me permitìa avisarle del tiempo de las eritrosedimentaciones, en aquellas elegantes gradillas con reloj de laboratorio pituco. Nunca màs volvì a ver gradillas de eritro con timer, pero algo de ello seguro hizo huella en mi elección de profesión en esa cola de inscripción a la facultad años después. Estaba yo indeciso entre Bioquímica e Ingeniería Química y, con un par de aspirantes por delante del mostrador del viejo octógono de la FIQ de Santa Fe, recn ahí, me incliné por la carrera màs relacionada con la salud que con la industria. Nunca supe bien por qué, hasta muy recientemente, cuando recordé aquellas gradillas.

Para el año 77 llevaba ya mucho de Directora de escuela y tenía un don innato para el liderazgo. Era firme pero justa, hoy dirían que con mucho de “coaching”, enseñando y corrigiendo a sus, a veces, cuasi imbéciles colaboradoras.

El día que la llevaron a Ana, fue justamente ella la que recibió la llamada que le avisaba del peligro por el secuestro de una compañera de mi hermana. Luego de una ronda infructuosa de llamadas para localizarla se fue a esperarla a la parada de colectivos. Aguantó veinte o treinta minutos y se tuvo que volver, abrumada por la ansiedad y la responsabilidad de preparar la cena. Hoy no entiendo cómo no fuimos a esperar a mi hermana a la parada con un bolso lleno de su ropa para que se vaya y no se arriesgue al oprobio que finalmente se cumplió. Una disculpa para todos nosotros es que en aquella época no sabíamos de los campos de concentración, de los vuelos de la muerte y de los enfrentamientos fraguados. Creíamos que a los detenidos los llevaban a una comisaría y a los pocos días los pondrían frente a un juez. Éramos tan ingenuos…

Mamá preparó arroz con leche esa noche: la cena para cinco. Por aquella época no andábamos tan mal: en años anteriores muchas cenas las salteábamos: apenas una infusión y un poco de pan. Con suerte, algo de manteca para saborizarlo.
Mamá, Guillermo y Yo en 1979. Ana estaba en la cárcel de Villa Devoto.

Ella nunca pareció desinflarse con tanta desventura económica a pesar de que su niñez fue muy diferente, en el seno de una familia rica del señorial barrio Candiotti de Santa Fe. Iban, los veranos de la década del veinte a refrescarse a la laguna Setúbal en auto, no muchos podía tener coche en aquella época. Vivían en un chalet francés sobre el bulevar.

Muchas veces la escuché contar de esos paseos en coche hasta la playa en el húmedo e insoportable verano santafesino. Con su mamá Felipa Neri Vigil, sus hermanas Beba, Judith y Daisy. Las hermanas habían nacido con un año de diferencia, casi exacto. Mi abuelo Lorenzo al volante en esas tardecitas, llevaba a la por entonces infantil Coca a pasar un rato refrescante jugando en el agua con sus hermanitas.

De la abuela, aquejada de Alzheimer (arteriosclerosis por aquella época), sólo recuerdo que era como un ente, cuando la visitábamos en su exilio económico de Córdoba. Una viejita callada que ya no reconocía ni a sus hijas que quedaron en Santa Fe, las pocas veces que pudimos ir a visitarla. Era como una sombra gris casi inmóvil para mi niñez impresionable.

La menor de las hermanas, Daysi, soltera y ensombrecida por la muerte de su mamá, ocurrida el año anterior, se dejó morir en Córdoba a los 46 años, dejando sola a su hermana Beba, la mayor, quien era su compañera de desventura. Yo sólo me acuerdo de sus fotos.

Beba no iba a aguantar mucho la soledad: Un año después de la muerte de Daysi tomó barbitúricos con cerveza en cantidad suficiente como para aliviar su dolor para siempre. Eran los principios de la década del 70: Estos importantes afectos y testigos de la historia de mamá, la madre y dos de las hermanas, se fueron en años consecutivos.

Judith, la otra hermana del medio, era su compinche y compañera de travesuras infantiles y mucho tiempo más acompañó a Mamà en playas, lisos y puchos.

Mamá siempre hacía fuerza contra el destino, aunque muchas noches aquel llanto amargo y ronco proveniente de su pieza, nos vedaba el sueño. La impotencia por las cuentas impagas, la bronca y la dificultad para cubrir las crecientes necesidades de tres chicos la ahogaba. No recuerdo haber tenido nunca más que un par de zapatillas, tenía que esperar que se rompieran las actuales para que mamá sacara las siguientes. Y a crédito. A pesar de todo, los tres terminamos el terciario o la universidad. Se imaginarán la torturante impotencia de tres niños al escuchar llorar a su madre y no poder hacer nada.

Una vez la Coca ganó una plata grande en la quiniela. Ese día vino con jeans, zapatillas y ropas para todos, menos para ella. Y comida también. Yo debo haber tenido unos 11 años.


Durante mucho tiempo no cenábamos, salvo pan y alguna infusión y escuchábamos a Mamá llorar porque el sueldo, injusto, no le alcanzaba para pagar la cuenta del almacén. 

Es la misma madre que peleó como una leona los casi 5 años que Ana estuvo presa de la dictadura infame, visitando innumerables despachos, viajando a Buenos Aires, a la cárcel de Villa Devoto sin saltearse una sola visita. Rasguñaba monedas de dónde podía, pero iba. Ella fue otra víctima no reconocida de la represión, tanto que, una vez libre Ana, cayó en una profunda depresión de años, con sus defensas sencillamente agotadas por luchar contra tanta barbarie. Ella provenía de una familia "bien" de Santa Fe, del Yatch Club y la escuela religiosa (N.S. del Huerto) y siempre fue muy sensible a la injusticia, aunque debo reconocer que en algún momento estuvo contaminada por los prejuicios de su clase.

Yo soy totalmente ateo pero creo que nadie se muere del todo mientras los demás lo recuerden y por eso es casi un servicio que les debemos: Atesorar y propagar todos los recuerdos posibles.
 
Coca nos dejó de herencia las cosas más valiosas del mundo: La lectura, la capacidad de trabajo y la sinceridad a toda costa. Crecimos carecientes de muchas cosas. Ella, con su magro sueldo de maestra, básico (estafada por los curas de la escuela en donde ella era, de hecho, la Directora doble turno, y de "recibo", la Vice de la mañana) pudo pagar la hipoteca de la casa, mandarnos a la universidad a los tres y sostenernos a los 4, frente al abandono y/o argucias leguleyas de mi viejo. 

Habiendo sido casi toda su vida católica, echó al cura de la terapia intensiva, en las inmediaciones de la muerte, fiel al ateísmo al que había adherido en sus últimos años, el mismo de sus hijos.
 Transcripto por ella de puño y letra
Coca con Julieta en brazos, Abi, Ana, Matías, Néstor, Sol, Florencia y Martín con cachorritos de la Sol. Año 2000.

Su último día (julio de 2002) fui a visitarla en la sala de terapia intensiva a la hora del almuerzo, luego de varios ACV. Ya no me reconoció. Hacía un par de días que no comía. Su estado se deterioraba a ojos vista. En un momento dado, profirió las últimas palabras que yo le iba a escuchar: “Tengo unos hijos muy alegres”, dijo con orgullo. Fue lo único que dijo durante mi visita.

Martín, Coca con Julieta en brazos, Abigail y Matías en 2001. De fondo, una huerta enfrente de casa.

Esa noche mi hermana Ana fue a verla y Mamá tuvo una ensoñación que le contó: Iba caminando al sol con nosotros por entre unas huertas o por el campo, feliz y contenta. Ella hacía un par de años que estaba en silla de ruedas. Esa fantasía la colmó de felicidad. Yo quiero creer que ese paseo fue en parte un recuerdo de cuando me venía a visitar a mi casa, rodeada de huertas. Solíamos salir a caminar al mediodía con mis hijos Martín, Matías y Julieta (Irina todavía no había llegado) y la Sol, mi perrita boxer, por entre los plantíos de repollos, batatas, lechugas y tomates. Ana alguna vez también nos acompañó.



Hubiera estado tan orgullosa de nosotros cuando declaramos en el juicio contra los represores santafesinos de 2009, me la imagino asintiendo con su clásica semisonrrisa desde el lugar del universo en el que estuviera.

“Tengo unos hijos muy alegres”, había dicho unas horas antes, en lo que sería nuestra despedida. Era la muestra de lo importante que fue la alegría en su vida tan dura. La alegría que expresaba su cara, de su boca. Y su rostro ferozmente marcado por los surcos de una lucha eterna,

 Mamá en 1999, a las risas sobre mi Kawasaki





Esteban Cámara
Santa Fe, octubre de 2010

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