martes, 15 de noviembre de 2016

El show de la "realidad"

En las últimas semanas he ido un par de veces a una pizzería que hace una comida increíblemente rica y accesible. En ambas ocasiones estaban viendo TN: la mujer, que maneja la caja, absorta en la pantalla, pero su marido, el pizzero no le presta mayor atención.

En ambos casos fue durante el horario central y allí el noticiero, como siempre en ese medio, daba truculentas "noticias" sobre el gobierno anterior. 

En el primero de ellos, decían que Cristina estaba según ellos a punto de ir presa por una cosa "terrible". La mujer de la pizzería, como en estupor, parecía no entender si la que iba a ir presa, según el show, era la ex presidenta o si la ex presidenta iba a mandar preso al fiscal. Preguntaba a su marido el que le respondía, cortante, según la lógica comunicacional (o sea, lo que algunos ensalzan como "sentido común"). Vale decir que nada de lo anunciado por el show llegó a  ocurrir.


En la última ocasión, el noticiero denostaba a un recientemente renunciado juez conocido por poner tras las rejas a infames genocidas de la última dictadura. Habían mandado un drone a sobrevolar-acosar la casa del magistrado, tildada de "mansión", mientras el tono de voz del locutor era de horror. Hablaba de que el ex-magistrado estaba sospechado de cosas "graves", que no mencionaba. Y como había renunciado sin afrontar el proceso (a la sazón, una denuncia de 7 años atrás que había sido desestimada en ese momento y que era ahora reflotada porque el magistrado molestaba al gobierno actual), daban a entender que era culpable. Según lo manifestado por el propio juez, ya en condiciones de jubilarse, había renunciado para hacerlo y porque sabía de la enemistad manifiesta que le profesaban la mayoría de los miembros del organismo que evalúa a los jueces, seleccionados por sectores afines al establishment y dominado por el actual gobierno.


Son así los medios de comunicación del poder corporativo argentino: contínuamente están vertiendo veneno en el oído de su público, acusaciones terribles. Viajes de lavado de dinero que se demostró que no ocurrieron, ex amantes que no eran tales, bolsos de dinero que en realidad era uno sólo y que además nadie abrió ni supo cual era su contenido, bóvedas cuya puerta abría hacia adentro (cosa imposible), excavadoras que hacen pozos en la nada frente a las lentes de la cámara que transmite en vivo en horario central.

Uno de los casos más emblemáticos fue el de Antonini Wilson, un empresario venezolano al que se le descubrieron 800.000 dólares en un bolso en el aeropuerto. El hombre al ser puesto en evidencia dijo que era plata que Chávez le mandaba a Cristina Fernández para la campaña electoral. La guardia de aduanas que "encontró" el bolso, una bella joven con deseos de convertirse en modelo o vedette televisiva, al poco tiempo renunció al servicio para dedicarse a su verdadera vocación. Su éxito, a excepción de los primeros tres meses del escándalo en los que se paseó por medios televisivos, radiales y gráficos mostrando el cuerpo, fue inexistente. El empresario contrabandista, al que jamás se el encontró el menor vínculo con el fallecido General Chávez y sí numerosas estafas y avivadas en las inmediaciones de EEUU, ahora vive en Miami protegido por los servicios de inteligencia yanquis. Raro para un agente chavista. Además de todo esto, que huele a opereta montada por y para la televisión, resulta muy extraño, hasta ridículo, que un presidente le mande a otro político cuyo partido está gobernando una gruesa suma de dólares en un bolso por vía aérea, Sin embargo si uno le pregunta a un argentino por Antonini Wilson, seguramente le dará todos los detalles del caso, convencido de la veracidad del brulote que instalaron los medios.

Lamentablemente, la mayoría de la población les da crédito a esos medios. Evidentemente el sistema cultural de la hegemonía burguesa le ha instalado una especie de "cerradura virtual" a la subjetividad de muchísimas personas: Todo lo que emiten los medios del poder corporativo, que ataca a determinados sectores o porta la ideología de los patrones, es automáticamente creído. Ya no importan, para ciertas personas, las ochocientas veces anteriores en las que tan descaradamente les mintieron o la falta de verosimilitud y de pruebas, el exceso de adjetivos (desconfíe si cada frase trae más adjetivos que sustantivos y verbos). Y de la misma manera reproducen las mentiras entre sus amigos, compañeros de trabajo y familiares, incluso, votan según el show de la "realidad".

Al par de todas estas operetas, las políticas del gobierno actual hacen que los sueldos de los trabajadores se devalúen dramáticamente, el desempleo aumente, las tarifas se vayan por las nubes, la educación y la investigación estén recibiendo estocadas mortales y los planes de salud y ayuda social a la población más vulnerables se vayan desmantelando, mientras los ricos son beneficiados con bajas de imposiciones y los artículos suntuarios o importados sean abaratados.

Pero, en realidad, lo que quería contar es un sueño que tuve hace un par de noches. Era bastante extraño porque era como si mirara un documental y al mismo tiempo estuviera adentro de él. 

El documental mostraba una calle devastada, seguramente inspirada en lo que vemos de Siria o de Libia o de cualquier otro pobre pueblo en donde haya posado sus garras el asesino yanqui. Sin embargo, se trataba de Buenos Aires y la mayoría de los edificios estaban destruidos como si cien atentados a la AMIA hubieran ocurrido todos juntos. Al mismo tiempo, las imágenes recordaban vagamente a la Argentina del estallido social del neoliberalismo, año 2001. 

Al meterme en ese extraño show, no ya mirando sino caminando por la calle porque los escombros impedían transitar las veredas y llegaban casi hasta el centro de las calzadas, yo leía los títulos del "documental", como si fueran placas de metal amuradas a ciertos fragmentos de las paredes, aquellos que todavía se mantenían en pie. Esas placas eran parecidas a las que había hace algunos años en nuestras ciudades y que indicaban los nombres de las calles, sólo que, a medida que uno se internaba caminando en el desastre como si fuera el travelling inicial de la película, iban dando los títulos de la misma. El primer título, en una placa blanca con letras azul oscuro o negro, decía AUSPICIADO POR CLARÍN. Luego seguían otros auspiciantes, grandes empresas, pero el único cuyo nombre recuerdo es ése.

No alcancé a caminar más que unos 70 metros, pisando pequeños fragmentos de mampostería que hacían 'cric', pero el panorama de desolación seguía hasta donde llegaba la vista. Los árboles de esa calle ya sólo eran esqueletos de ramas grisáceas, desnudas de cualquier recuerdo de verde y no se veía apenas gente.

Al despertar, bastante consternado, no tardé en sentir una gran confusión: ¿el material era un documental y por lo tanto representaba el pasado ... o presagiaba el futuro? Bueno, el pasado ya lo vivimos y no hace tanto.

Depende de nosotros, pueblo argentino, que no sea ese nuestro futuro.




Esteban Cámara
Santa Fe, octubre de 2016

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