jueves, 20 de agosto de 2015

Elvis, el tímido, y el feroz Hendrix


Yo estaba reponiéndome de una fractura de tobillo cuando mi pareja de ese entonces me lo trajo: cachorrito de pocos meses, blanco, muy tímido y temeroso de todo. Lo regalaban unos pibitos en la avenida Aristóbulo del Valle, a pocas cuadras de casa y ella pensó que en mi aburrimiento me iba a venir bien un poco de compañía.

Más o menos por esos días, creo que esa misma semana, el vigilador del barrio me llamó para decirme que alguien me había dejado a la puerta de casa en una caja algo que se movía. Era un cachorrito negro, fuerte, que desde un primer momento me miró como si yo fuera su dios.

Al perrito blanco, flaquito y tímido le puse Elvis de nombre y al negro, que era bravo y robusto, Hendrix, en homenaje a dos de los personajes más famosos del rock.

Elvis Presley no me era muy simpático, lo veía grasa y torpe. Encima había sido delator de izquierdistas, un sorete en definitiva. Así que yo decía que el nombre del cuzquito no se debía a él, sino a Elvis Costello, otro rockero.

Jimmy Hendrix, en cambio, me parece un músico maravilloso, si bien recién lo pude apreciar varios años después de su muerte.

Volviendo a mis mascotas: Hendrix enseguida se hizo dueño de la situación y dominaba sin la menor duda a Elvis. Crecieron distinto, el negro robusto, atropellador, agresivo y confiado y él, flaquito y pálido, en cambio, parecía pedir perdón contínuamente por existir.

Confieso que nunca lo quise del todo a Elvis, el tímido, me fastidiaba un poco su temor y timidez. Él se orinaba cuando me veía (o cuando cualquiera se le acercaba) y al hacer uno un gesto como para acariciarlo, él parecía más esperar un castigo que un mimo. Pobre, seguramente no tenía la culpa y debió haber sido castigado inmotivadamente en su lugar de origen.

Luego tuvimos unos gatitos y Hendrix, agresivo con casi todos menos conmigo, mató a uno de ellos. Le pegué con un palo dejándolo rengo, a veces no mido mi ira. Le grité "asesino", completamente fuera de mí. Él me miraba con temor, él el bravo Hendrix a quien todos temían. Amagaba a acercarse a mostrarme su sumisión absoluta, pero yo lo rechazaba en mi ira extrema. Finalmente un pariente lejano quiso quedarse con él, sabiendo que yo lo iba a desterrar por asesino. Allí fue Hendrix, no muy lejos de casa. 

Aún desterrado, él seguía venerándome y cuando pasaba por su casa se acercaba contento a saludar. Aún temido por todos en el barrio el fuerte Hendrix venía hacia mí como un cachorrito. Yo nunca lo perdoné del todo, aunque creo que él jamás comprendió cual era la razón por la cual su falso dios lo rechazaba.

En cierta ocasión sus nuevos dueños, años más tarde, se ausentaron unos cuantos días y lo dejaron afuera de la casa. Entonces él volvió a la mía y se quedaba afuera de la puerta para saludarme cuando salía. Y si salía caminando me seguía, trataba de acompañarme y como yo no lo dejaba, se quedaba unos metros atrás. Una vez nos acompaño a mi hijo y a mí en una caminanta de diez kilómetros jalonada por innumerables escaramuzas con otros perros con los que se cruzaba. Parecía ofrecernos su protección, a pesar de que incontables veces le pedíamos que se volviera. No queríamos que lo atropelle un auto o que termine mordido por algún otro de los innumerables perros abandonados que pululan por la ciudad. Cuando sus dueños estaban en su casa, Hendrix, cada tanto pasaba a saludar, tal vez con la esperanza de ser nuevamente admitido. O tal vez le bastara alguna tímida caricia; no más que eso pudo obtener de mí. 

Al final, fruto de sus impulsos agresivos, Hendrix mató al pequeño cachorrito de la hija de su familía de acogida y fue finalmente re-desterrado. Esta vez ya no quise saber adonde. 

Pero no es él el principal protagonista, sino el tímido Elvis.

Elvis vivía en mi patio y cuando tenía unos dos años el destino llevó a mi vida a dos pequeños patitos. Él no les tenía mucha simpatía, incluso mató a uno de ellos. Al parecer, no sé. Yo no quise ser muy duro con él, le dí el beneficio de la duda y quedó sin castigo. La otra ave creció y Elvis siempre era advertido de que no debía tocarla, así que optó por ignorarla.

El otoño siguiente a la aparición de los patitos, al volver de una salida como las que yo le permitía hacer periódicamente, Elvis vino acompañado de otros tres o cuatro perritos que se alejaron cuando el entró. A partir de allí, pedía salir a altas horas de la noche, precisamente cuando sus amigos cuadrúpedos parecían venir a buscarlo, y no volvía sino hasta cerca del amanecer. Yo, que tengo el sueño liviano, lo escuchaba en la puerta, jadeando, gimiendo apenas y rascando la verja, y lo dejaba entrar. Y así casi cada noche, era como un adolescente saliendo de jarana con sus amigos, cosa que hizo durante varios meses.

Cierto día, directamente no volvió. Nos preguntábamos que habría sido de él. Yo insistía en que estaría bien, no sé si por simple negación de un hecho triste, o por optimismo, o por su historial de salidas con sus congéneneres, pero la cuestión es que le decía a todo el mundo que Elvis seguramente estaría bien.

Y tenía razón. Varios años después veo pasar a un vagabundo por mi casa y casi inmediatamente un grupo de perros. Luego veo un perrito flaco y blanco mirándome desde la puerta de la verja. Era Elvis, un poco sucio y flaco pero no tanto como si estuviera abandonado. Evidenciaba algún cuidado, aunque no el mismo que le hubiera dado una familia burguesa, sino un poco menos.

Lo hice pasar lo saludé, se orinó, lo acaricié e intentó esquivar lo que creyó un golpe. No había cambiado nada. Le traje de comer alimento balanceado en un pequeño plato y le puse un recipiente con agua. Era mediodía, se quedó mirándome con esos ojos tímidos como siempre hacía, parecía preguntarse nuevamente qué había hecho mal y si iba a ser castigado por esa falta imaginaria.

Debo confesar que nunca lo quise mucho, y no lo atendí ni consideré como a otras mascotas, su temor y su carácter tan endeble supongo que me lo impidieron. Yo creo que hizo bien en irse aquella vez y, al volver, me dí cuenta de que mi actitud hacia él tampoco iba a cambiar. Yo creo que él también lo notó.

Luego de un par de horas de estar en mi patio delantero, se dirigió hacia la puerta de la verja y me miró. Jamás hubiera podido ignorar yo que quería que lo deje salir. Le abrí la puerta. 

Salió a la vereda, despacio, tal vez dudando, y me miró apenas afuera. Juro que interpreté lo que me decían sus ojos, su actitud: "Quería que supieras que vivo, que estoy bien y nada malo me ha pasado desde que me fui." 

Le dije -"Gracias por pasar, Elvis". El gesto lo merecía. 

Ya no volvió más.





Esteban Cámara
Santa Fe, 20 de agosto de 2015










Esteban Cámara

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