jueves, 23 de enero de 2014

Juventud perdida

Hoy parecen ser legión los jóvenes ni-ni. Ni estudian ni trabajan. Así los han definido. Yo agrego que tampoco hacen deporte ni música, ni leen, ni militan ... tal vez ni amen, siquiera.

Entonces, antes de preguntarme por qué son así, yo me pregunto: ¿Qué hacen? Mi primer pregunta es ¿cómo llenan el vacío ése del tiempo que nos lleva inexorablemente a la muerte?

Bueno, miran televisión, vagan por ahí, se juntan en alguna esquina a hablar, muchos se drogan, algunos delinquen. Delinquir también es un trabajo, lo sé, cuyo fruto es desproporcionado respecto del esfuerzo. Cabe agregar que es raro, amén del párrafo anterior, que un delincuente llegue a viejo. O sea.

Ahora bien (y aquí re-entramos en la pregunta del por qué), ¿no es lógico que veamos que estos hijos son hijos de la generación perdida? La generación perdida, gente en general de entre 30 y 50 años (aunque no excluyentemente), se define como gente que, culturalmente definida durante el neoliberalismo, perdió la fe en la política como la gran modificadora de la realidad, del contexto social. Es la gente nativa de la 'antipolítica'. Es correcto el término de "generación perdida". Están perdidos en el mundo social y viven en el mundo de la televisión, de las cruzadas de los medios, del hedonismo, del individualismo, de la publicidad. Reciben y aceptan acríticamente los signos que les lanza, que les llueven encima desde el poder. El poder tiene razón, piensan (y dicen) ellos. Y no se refieren al poder impropio, al que deviene de los votos y que cada pocos años caduca. No, se refieren al poder establecido, no en vano llamado el stablishment, al poder de siempre, al poder del dinero, de las empresas, la tenencia de la tierra, de la iglesia, de la judicatura (al menos en Argentina en donde desgraciadamente los tribunales son un negocio familiar) y su red de conexiones sociales y familiares.

Pero la generación perdida no sólo descreyó de la política. Cree superficialmente en todos los resortes de cambio. O sea, descree. Descree del conocimiento, del estudio y del trabajo, casi tanto como de la política. Tiene cierta lógica, han aprendido ello en los años noventa, cuando muchos jóvenes veían que rompiendo el parabrisas de un auto y robando un estéreo ganaban más que su padre universitario en una semana de trabajo.

Sorprendentemente, los de la generación perdida parecen orgullosos de no creer. Se consideran a sí mismos superados. 'Yo no sé nada de política', espetan. 'Yo no sé nada de matemáticas', parecen mofarse. 'Yo no leo libros', dicen casi orgullosos ladeando apenas la vista de la pantalla del show de teve de peleas de tetonas.

Aquellos chicos ni-ni de los que empecé hablando, que hoy son vagos, delinquen o se drogan y tanto molestan al burgués, heredaron aquel descreimiento de las palancas del cambio. No creen en el conocimiento, en el estudio, ni en el trabajo, ni en la militancia. Criados en el fuerte marco estupidizante e individualista de sus padres (no importa aquí si estudiaron o no, porque si lo hicieron, lo hicieron en el marco cultural del desánimo), son hijos de gente de existencia inauténtica, que no piensan sino que son pensados, que no interpretan (son interpretados). Estos chicos ya no creen (ni siquiera superficialmente como sus progenitores) en el poder de las gestas individuales. Ni de las grupales.

Los NI-NI de hoy son simplemente la consecuencia lógica de la generación perdida.




PS: El título hace referencia a una frase muy escuchada en las épocas del rock and roll y los movimientos revolucionarios, o sea de mi adolescencia en los años '70, cuando nuestros viejos nos acusaban con ella, meneando la cabeza.





Esteban Cámara
Santa Fe, 23 de enero de 2014

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