miércoles, 4 de diciembre de 2013

Barcelona

Llegué un caluroso viernes de otoño a una estación Nord gris y envejecida.
Las calles en un caos de construcción,
muros tapando las obras, polvo, mucho polvo
y grúas.
Más grúas.
Era el sábado 17 de noviembre de 2007.
Yo pensé: ¿por qué elogian tanto esta ciudad?
Todo me parecía viejo, polvoriento y deslucido.

Una vez bañado y cambiado 
fui a pasear a las ramblas.
A medianoche se sentó en un banco de madera, al lado mío, 
un viejo catalán que pudiera haber sido hermano gemelo de mi padre,
fallecido más de un año atrás. 
De gorra marrón, carraspeaba igual que él.
Era como si me dijera: Estás aquí, en parte, por mí.




El sábado fui al Port Vell:
Sorpresivamente el muelle se partió para que pasen unos veleros.El puerto deportivo hervía de barcos de paseo de todo tipo. 
Sobre todo del tipo lujoso.
Pero allí estaba el mar: 
Algo empezó a cambiar en mi percepción…



Al otro día tomé el bus turistic. 'Navegué' por “La Sagrada Familia”
con su delirio de formas:
las columnas de las arcadas como costillas de ballena
el aspecto de gruta de la fachada vieja
los caparazones de moluscos
y otras piezas como de monstruos marinos 
con un aire sombrío.



Al tocar esos blancos muros de piedra
del interior
sentí una descarga de energía,
Y empecé a llorar de una manera nueva.
“Estoy aquí”, pensaba“¡Estoy aquí!” y las lágrimas chorreaban inatajables, 
debajo de los lentes oscuros.
Los otros turistas fingían no darse cuenta.

Tuve un satori, pensando en sus más de 80 años de construcción:
Me di cuenta de que es como un organismo vivo.
Tal vez así lo quiso su autor.Ojalá se construya un poquito cada vez y nunca se termine,
por que el día que se culmine la obra, su hermosura estará de alguna manera muerta, 
cristalizada,
encerrada en una caparazón definitiva.

Afuera, 
En toda Barcelona
Las grúas omnipresentes sombreaban el paisaje con una filigrana de escuadras.

Y luego subí a Parc Güell, tras un camino tan empinado
como el genio de Gaudí, 
que encarna.
Las élficas porterías,
su plaza-ágora y el extraño soporte del camino, con su revestimiento de escamas y las columnas en ángulo:
como patas de reptil prehistórico.


La casita de los últimos días de ese genio, Gaudí,
sus muebles que remiten a caderas y patas de animales,
la increíble lámpara, el estudio luminoso, la escultura del jardín, 
la galería emparrada con el ángulo de las olas del mar…



No sé cuánto tiempo pasó mientras caminaba por los senderos
(pies gozosamente ampollados).
Al final bajé por esa calle empinada hasta recuperar el acceso al bus.

Al cuarto día fui a la playa, enseguida se nubló.
Allí me esperaba, inquieto, el Mediterráneo.
Me tumbé un buen rato en unos asientos de piedra
al final del carrer de Badajoz
Paseé por la arena escuchando a los Redondos y a La Renga: 
Platjas de Bogatell, Mar Bella, Nova Mar Bella.

Lloviznaba y el día se hacía más y más gris.
Pero estaba el mar.
Ése fue el día que me quisieron robar unos orientales (1),
bastante ingenuamente, por cierto: Seguro no conocían a los argentinos. 

Luego, sendos días
visité Tarragona y Sitjes: brillantes lugares:
Ruinas romanas al compás de Sex Pistols, alucinación, bellos edificios, calles intrincadas y costanera. 
¡Más mediterráneo!

Para el último día dejé “El Raval”,
multitudes en turbante me escoltaban, ignoraban y encauzaban
mientras deambulaba por otra rambla, tan distinta,
por sus edificios de aire oriental.
Hermoso “Barrio Chino”.

Yo sé que me he olvidado en estas líneas de muchos de tus tesoros, 
Barcelona.
Es a propósito, no te ofendas.
Algo debía reservarme.


(1) Contado en Los ladrones del Poblenou


Esteban Cámara
27/12/2007


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