miércoles, 13 de noviembre de 2013

Daylén, ojos de gata


Había llegado a Holguín, ciudad capital de la provincia homónima el día anterior (sábado) a las 9 de la mañana, muerto de cansancio por ocho horas de viaje infernal. El asiento, última fila del Viazul, no se reclinaba y el de adelante me pegaba en las rodillas, el aire acondicionado andaba mal. Además, tenía miedo de dormirme y seguir de largo hasta Santiago. Al llegar a la estación cargué la mochila e, ignorando los reclamos de los buquenques tomé, con más fortuna que sapiencia, para el centro y el alojamiento. Almorcé temprano luego de dar una vuelta, comprar unos sánguches y bañarme, pensando reponer fuerzas en una siesta 'mediana' que se prolongó traicioneramente hasta las 19.30. Ese día sólo pude conocer algunos de los parques céntricos de la "ciudad de los parques", en una insólitamente fresca, casi fría, noche.

Domingo 12/05, 7.00 hs. 
Desayuno en casa de Isabel: jamón, queso, jugo de guayaba, frutas y café con leche: 4 cuc. Ascenso a la Loma de la Cruz, 470 escalones, saco muchas fotos. 
Holguín visto desde lo alto de la Loma de la Cruz, foto de EC
Tengo una charla en la cima de la loma con Roger, artista plástico y caricaturista, hombre de mi edad un tanto amargado con la revolución. Se queja de que sobre su generación recayeron demasiados esfuerzos, del sectarismo, de que tenía que sacarles la etiqueta a los Levi´s, etc. Todo muy atendible. Hablamos un buen rato, trata de convencerme de que la revolución está mal. Me dice que en el trabajo voluntario tuvo que resignar estudios y proyectos. Yo medio lo corto: ¿Sabe lo que es dolor?, ver a los niños revolviendo de la basura para comer. Ver a los niños mendigando en los semáforos arriesgando la vida a centímetros de las ruedas de los camiones por unas monedas. Eso es dolor. Se queda callado, no nos entendemos. Luego nos despedimos.

Voy a navegar por Internet en Etecsa una media hora y mientras tanto decido conocer Gibara. Pregunto en casa de Isabel y me orientan súper bien: tengo que ir a la terminal de máquinas sobre carretera a Gibara. Allí consiguo un jeep que me lleva por 3 cuc y me deja en la terminal intermunicipal. 



Voy caminando hacia el centro por el malecón y saco unas cuantas fotos. Apenas empezando la marcha se me pega por algunas cuadras un mozo que me ofrece un paladar para comer camarones, de regreso sabría más de él. 

Pregunto a varios lugareños con la consigna "un lugar donde se coma bien pero que eso no signifique pagar caro".  Me orientan y hasta acompañan hacia el paladar de Maikel, llamado El Curujey o también la terraza.

La moza del lugar, ‘trigueña’, tiene 17 años y unos ojos de gata increíbles: Daylen, dice que se llama. Es un poco parecida a Yara, la seductora de Trinidad. Se reía de todas las pavadas acariciantes y adulonas que yo le decía. El Chef le sugería que me acompañe a mi gira por Oriente, y ella reía. En uno de los escasos gorjeos, no risas, que le escuché aclaró ser estudiante de gastronomía. Reía de todo, pero era claro que la respuesta a mis avances era NO. Daylén es tremendamente tímida y calladita, pero muy simpática. Tiene un corpiño fucsia debajo de la camisa blanca que parece que va a estallar por la turgencia de sus portentosos senos adolescentes. Le saco una foto a esos ojos. Ella se ríe, siempre. 

Le pregunto si tiene novio y asiente orgullosa y más sonriente que nunca. Le pido que lo felicite de mi parte por el buen gusto y que le diga que la cuide. Me cuenta que le gusta el reguetón y bailar, no mucho la lectura. Le recomiendo que lea, se lo encarezco, que es muy importante para su futuro, le cuento mi caso. Creo que aprecia mi consejo. Le pido indicaciones y me recomienda que vaya a los caneyes (caney significa casa en taíno, y en Gibara indica el lugar del mirador), como paseo por Gibara. Le doy un beso en la mejilla y se apura a preguntarme si me gustó la comida, casi como si fuera una descortesía de mi parte y tal vez lo fuera. Es la primera vez que inicia ella la conversación. Le digo la verdad: ¡Excelente! Cangrejo salteado al ají con arroz congrí, tachinos y ensalada de tomates, pepino, aceitunas y col. Creo que me sale unos 10 cuc (con dos cervezas). Al salir, felicito al cocinero, hablamos con él y con el que parece el dueño del lugar (que también brinda alojamiento).

Voy al malecón y veo un Camilo de metralleta, en bronce, de espaldas al mar. Supongo que mira a la ya distante sierra maestra, seguramente molesto con ese atlántico que lo desapareció en 1959…


Subo tal vez otros cien escalones hacia lo caneyes de Gibara y saco fotos. A ese día los músculos de mis piernas lo recordarían incluso hasta una semana después, en Bayamo: cansancio y pequeños pinchazos de molestia y dolor casi agradables.


Callecita de Gibara, al fondo, la escalera hacia el caney.

Ahí cerquita de Gibara está Bariay, la bahía donde desembarcó por primera vez el europeo en Cuba. Cristóbal Colón dijo: "Ésta es la tierra más hermosa que ojos humanos hubieran visto" allá por octubre de 1492. También allí cerquita, en Birán, nació Fidel. Y por si fuera poco, esa hermosa canción de Compay Segundo, Chan Chan, habla de lugares esa provincia ".. de Alto Cedro voy para Marcané, llego a Cueto voy para Mayarí".

Bajo y tomo por callecitas humildes hasta que encuentro el malecón, el otro, y el camino a la playa y la terminal cercana, no sin que antes se me pegue el mismo pibe lugareño de la ida, bastante pesado, Manuel. Charlamos un rato, me pongo filtro solar y espero, dejo que pase el sol fuerte. Luego me meto al agua con mis antiparras Arena negras. Nado y disfruto bastante, acercándome poco a poco a la gente, que es toda del lugar. 


Llego cerca de un grupito de unos 6-7 chicos de cerca de 12 años, que me gritan varias veces: "¡Eh, iuma de las gafitas negras, jau ar iu!" Y así, insistentemente, hasta que decido acercarme a ellos. Primero se ponen tímidos y se alejan, parecen haberse asustado. Los llamo y vuelven, les digo que pueden hablar en castellano, que soy argentino ("¿Messi?", inquieren, confirman). Hablamos de fútbol, de Messi y el Kun. Salimos del agua para jugar un rato al fútbol, al ‘carrito de helado’ o burrito o loco. Ellos suponen que por ser argentino soy futbolista, y tienen razón. Luego, ya acalorado me meto de nuevo en el mar y me siguen. Jugamos a la escondida en el agua turbia, parecido a como juego en la pileta con Julieta e Irina, mis hijas. Nos hacemos grandes amigos, me elogian porque en el agua me siento en mi elemento y los desoriento nadando para donde nunca ellos me esperan. Finalmente los dejo, casi 17.00 hs. y, al querer regresar a Holguín, Manuel (que se quedó cuidándome las cosas sin que yo se lo pida) me dice que ya no quedan máquinas y me muestra un cartel que dice que el último servicio fue a las 16.00. Es un truco para llevarme con un vecino suyo, taxista, que me ofrece trasladarme a Holguín por 25 cuc. 'Rajá de acá', pienso. Especulan con que es día de las madres en Cuba y se está aproximando la noche, evitada por los conductores cubanos.

Me vuelvo para la terminal y veo que un jeep parado en la avenida, fuera de ésta, se está por ir, repleto. Sin embargo me tranqulizo, me doy cuenta de que habrá otras oportunidades. Nos quedamos hablando en la vereda mientras espero con Mirta y su pareja lesbi, Isa, atractiva morocha madura, de ojos claros. Ellas estaban de visita por el día de las madres a la madre de Isa. Ésta, más centrada, se preocupa por su amiga que quiere seguir fumando y chupando, siendo diabética. Intercambio con ella miradas de entendimiento y se da cuenta de que estoy de su lado.

Aparece otro 'yipe' y nos ofrece llevarnos a Holguín por 30 m/n: carísimo, un cubano se baja indignado. Manuel intenta venir con nosotros, atraído por la promesa de esta holguinera de joda en su casa, pero no se hace entender claramente y el yipe se llena sin él. Parte el vehículo para Holguín luego de una moderada espera y nos deja cerca del centro gracias a la insistencia de Mirta, una gorda simpática, expansiva, diabética y en pedo que presiona al taxista con su enfermedad y argumentando que debido a la elevada tarifa lo menos que puede hacer es llevarnos cerca del centro. Le pido instrucciones a Mirta luego de bajarnos, completamente desorientado. Ella me indica y me sorprende disculpándose y señalando a la bella morocha que la acompaña: "Es mi compromiso", reconoce. La felicito, "Es muy bella y te cuida bien", le digo, la aliento. Siempre les he caído bien a estas niñas, supongo que por intereses comunes.

Ya en Holgín, cena en Dino’s: Pizza, traída luego de una gran demora del mozo.

Otro día brillante, con el cariño y la confianza que sólo se puede encontrar en Cuba. Otra jornada a recordar, aún sin Daylén, sus pechos, sus ojos de gata y su sonrisa caribe.





Esteban Cámara
Holguín, Cuba, mayo de 2013.

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