martes, 8 de octubre de 2013

Superesteban

Hacía años que no sabía nada de mi SuperYo. Pensé que lo había, finalmente, asesinado. Tanto burlarme de él, tanto ignorarlo, tanto acosarlo con Nietzsche, aquella voz suave y firme, un tanto provinciana y moralista, parecía haber desaparecido definitivamente de mi cabeza. Por lo menos desde el año 2008. Fritz es particularmente sádico cuando se suma al bullying de superyós. Y le encanta, le brillan esos ojitos de brasa mientras se retuerce una y otra vez el bigote.


El viernes pasado, luego de una semana de tristezas, frustración, desamor, ansiedad y desencanto tomé una decisión desgarradora. No pude más y me aparté, reconociendo la derrota para no hacerme más daño ni molestar más a una persona en situación emocional inestable. El sufrimiento muchas veces es inevitable, pero en ocasiones te das cuenta de que el sufrimiento ha pasado a ser una opción para el otro, una opción en la que obtiene un deleite mórbido. Y no es una opción que yo recomiende o con la cual sienta que deba mantenerme cerca.



El sábado no pude pensar, me la pase aturdiendo mi cabeza con trabajos físicos extenuantes que involucraron palas y mazas, tierra a mover, escombros a reducir y golpes paroxísticos a la materia insolente. No conforme con eso, salí a hacer veinte kilómetros en la bicicleta y, como si fuera poco, al llegar a casa me dí con todo en mi mini gimnasio. Luego, ya atenuado, pude sentarme al sol, para delicia de mi gato Tyson el blanco con música y auriculares. Seguía sin poder pensar o sin querer hacerlo.



A la noche me puse a leer y me deslumbró una frase: 




Pero la vida del espíritu no es la vida que se asusta ante la muerte y se mantiene pura de la desolación, sino la que sabe afrontarla y mantenerse en ella. El espíritu sólo conquista su verdad cuando es capaz de encontrarse a sí mismo en el absoluto desgarramiento. El espíritu no es esta potencia como lo positivo que se aparta de lo negativo, como cuando decimos de algo que es nada y que es falso y, hecho esto, pasamos sin más a otra cosa, sino que solo es esta potencia cuando mira cara a cara a lo negativo y permanece cerca de ello. Esta permanencia es la fuerza mágica que hace que lo negativo vuelva al ser.”
“Lo verdadero es, de este modo, el delirio báquico en el que ningún miembro escapa a la embriaguez.” Hegel, Fenomenología del Espíritu.




Empecé a pensar un poco y me dí cuenta de que estaba haciendo una negación de la dialéctica hegeliana. Estaba huyendo de lo negativo, negando la totalidad compleja de la vida y la muerte, escapando de "lo verdadero". Pero no pasé de allí, no pude.


Luego dormí, más o menos bien, algo mejor que los últimos días. Y a eso de las seis y media de la mañana sentí unas palmadas en la vereda. Insólitamente sin putear al importuno visitante me levanté y fui a ver, tal vez algo me imaginaba.



Al salir al pórtico de casa, lo reconocí de inmediato en la vereda, a través de la enredadera que se apoderó de mi verja. Tenía un sombrero de paja como el que usé en Cuba, una remera azul oscuro, pantalones negros y zapatillas. Igual a mí, sólo que más flaco y atlético y con un reloj súper moderno en la mano derecha. Claro, era Superesteban, que no había muerto como yo creía. Estaba bronceado, distendido, casi libre de arrugas y parecía diez años menor de su edad. Lejos de estar muerto, daba la impresión de haberse retirado a descansar a alguna playa del sur de Brasil. Mi sorpresa fue enorme.



- "Mirá", me dijo. "Sé que vos no me querés y yo tampoco a vos. Así que hagámosla corta. Tomá."



Me dió dos cartas de baraja francesa y se alejó. Al ver mi mirada atónita me dijo sin que le pregunte: - "Ya lo vas a entender".



Una de las cartas era un viejo conocido: el as de picas. Identifiqué al instante en él a mi viejo egoísmo. No era nada nuevo, nada que me sorprenda demasiado. Ya lo sospechaba. Casi le grito, con una voz que imagino exaltada, aguda: ¿Para esta pedorrada volviste, máster? Pero ya había dado vuelta en la esquina.



La otra carta, sin embargo, me resultó mucho más oscura. Era la reina de diamantes ... ¿qué podría significar?



A ver, dije. "La reina": el lugar de la reina es "la corte": espacio de las intrigas, el chismorreo y las operaciones y juegos mentales. La reina es el sol de la corte, la que organiza y a la que es destinada el espectáculo del ajedrez social. 



¿El diamante? ... después de mucho pensar y pensar, creo haberlo resuelto: el diamante es duro y causa daño. Es el más duro de los sólidos y daña hasta al acero. Un buen rato después, relacionando estas dos cosas con lo que yo había estado haciendo los últimos días, identifiqué una de las mayores bajezas que reconozco. Algo que odio en los demás y de lo que desde hace mucho me creí a salvo de ser culpable. El sentimiento fue desolador, intento tranquilizarme un poco pensando que fue con buenas intenciones. Yo siempre intento aportar análisis y puntos de mira lo más asépticos posibles para evitar ése comportamiento de mierda. Pero descubrí que, en estos días, había intentado manipular a alguien. Con bondad, con cariño, con la casi seguridad de que el resultado iba a ser mejor para aquella persona. Pero había intentado orientar su decisión en un sentido que a mí me convenía.



Yo, ¡manipulador! ¡Me dieron ganas de dirigir la maza hacia mis propias manos!



Superesteban, ya casi jubilado, denostado, burlado, humillado y distanciado, demostró una vez más su capacidad de conmoverme.






Esteban Cámara
Santa Fe, 07 de octubre de 2013

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