sábado, 3 de noviembre de 2012

Arturito y yo

Mi amigo Artu tiene un problema, no puede callarse, no puede mentir. Bah, sí puede callarse, pero le cuesta un montón.

Una vez estábamos en un banco esperando para depositar un cheque y lo vio al negro, un conocido de la infancia que se había recibido de contador no mucho tiempo atrás cortando los talones de una cantidad espeluznante de fajos de cheques. No se le ocurrió mejor idea al boludo que decirle: "Negro, tanto estudiar para terminar cortando talones de cheques...". Yo miré y vi que los otros 8 o 10 empleados del banco lo miraron al negro con expresiones burlonas o, directamente, carcajeando. El pobre se puso rojo de la vergüenza y la bronca y sólo pudo mascullar, "Hay cosas peores". El daño ya estaba hecho. Yo me quería morir.

Pero al Arturo lo quiero, estudiamos juntos y trabajamos juntos desde toda una vida. Y a veces le doy la derecha.

Otra vez estábamos en una oficina ayudando a unas viejas a instalar una impresora cuando de improviso me dice: "Esta vieja tiene olor a cajeta". Lo dijo como para mí, ojo, pero como él no entiende bien de esas cosas el volumen de la voz se le fue un poco por encima de lo aconsejable. Se produjo un silencio mortal en la oficina y todas las minas se quedaron como paralizadas. En el silencio previo al dislate sólo se escuchaba en la oficina el clapclap de los teclados y el comentario del tarado se escuchó, susurrante, pero muy claro. Por suerte ya terminábamos y nos fuimos atolondradamente, yo ni la quise mirar a la vieja, ni saludé. Una vez fuera casi lo acogoto, le dije de todo menos lindo. El loco estaba todo apichonado, como un perrito que volteó la olla. Esa vez supo que estuvo mal. Y creo que lo entendió.

Sin decirme nada volvió a la oficina mientras yo me iba a la nuestra caliente como viajante en baile de pueblo. No me enteré hasta varios meses después. Había vuelto a la oficina y les había dicho a las mujeres que era el final de un cuento que me estaba haciendo, que no tenía nada que ver con ellas. Les pidió perdón mil veces y a partir de allí les llevaba todos los días un cuarto de criollitos. Y así fue durante varias semanas. Casi las mismas que duró mi enojo con él.

Otra vez estábamos en el cumpleaños del Turquiño, un gran amigo que parecía que tenía una resistencia importante a recibirse. Yo creo que como una forma equivocada de impulsarlo a estudiar un poco más y que se reciba de una buena vez le dijo una de sus barbaridades. No recuerdo bien, pero fue algo así como: "¿Y?, ¿para cuando?, ya hace años que  deberías estar recibido, otros ya trabajamos, nos recibimos, tenemos hijos y vos acá como un nene grande". No creo que ni uno sólo de los casi veinte que éramos lo haya dejado de escuchar, nos quedamos todos atónitos. Varios minutos sin que hable nadie. ¡Y era el cumpleaños del Turqui! Son errores garrafales, sincericidios extremos.

Para colmo la gente me hace cargo a mí, como si yo tuviera la responsabilidad de frenarlo. Tal vez por estar casi siempre con él. Varias veces me han dejado de hablar a mí o me dan con un caño. Pero, o bien no se lo hacen a él (los locos cuentan con una tolerancia especial en cosas como esta) o no le hace la menor mella. No sé qué carajo piensa al respecto porque se ve que para él es lo más natural del mundo.

Una vez en la dictadura el loco estaba chapando con una novia en el vereda, cerca del ministerio de salud, año 1980 más o menos y pasó un renault doce blanco con mucha gente encima y una voz de mujer joven les dijo algo así como: "Pórtense bien", con tono burlón. Esas cosas al loco lo sublevan, esa mezcla de amenaza, censura, intromisión lo saca, definitivamente lo saca. Justo se va de la puerta de la casa de la novia y se va caminando para su casa, distante unas 10 cuadras en el sentido de la calle, cuando en la esquina siguiente ve parado al renault blanco. Adentro había dos chicas y tres pibes con el pelo bien cortito. Entonces les dice, desparpajado: "¿Qué decían? 

¿Cómo? se hicieron bien los boludos los del auto. 
- Sí, les dijo el loco. Eso de "pórtense bien". Quienes son ustedes para meterse en mi vida.

Uhhh, para qué, salieron los cinco del auto como tirados con gomera y lo rodearon. Ahí se dió cuenta de que eran cinco canitas de civil pero de servicio.

- Mirá, le dijeron, no te hagás el gallito con nosotros, hijo de puta, que te llevamos a la jefatura (seguramente eran del D2, inteligencia) y te damos hasta que no sepas ni quién sos. Y después te tiramos por ahí para que tu vieja te reconozca, puto de mierda.
    
El loco no se cagó, sin faltarles el respeto, sin guarangadas ni gritos, pero sin bajar la cabeza les siguió diciendo que no se metan con él. Por la actitud de los tipos era claro que el loco no se equivocaba. Y eso que tenía la hermana presa de la dictadura y a él mismo lo seguían cada tanto...

Por suerte había bastante gente en esa esquina esperando el colectivo y entrando y saliendo de una despensa que había en la otra ochava y los botones no se animaron a ponerle una mano encima. Pero se lo estaban por llevar cuando vino un tipo canoso como de 45 años, petisito y les dijo por lo bajo a los canas: "Dejen de hacer quilombo que se nos va a la mierda el procedimiento. Déjenlo ir". Y el loco, satisfecho por haber dicho lo que sentía, se fue muy orondo caminando hasta su casa. Eso sí, por varios días miró para todos los lados varias veces por cuadra. No hay loco sin suerte, dicen.

Ahora, tambien tiene sus buenas ser amigo de Artu. Una vez un jefe nos estaba forreando mal, nos mandaba a poner la cabeza en una cagada de él. Nos dejaba como mentirosos y como abusadores de la ingenuidad ajena. Pero el loco se le paró de manos al toque. Y le dijo bien clarito lo que le debíamos haber dicho todos, sin guarangadas, lo que ya de por sí era una especie de milagro ateo. Pero se lo dijo y los demás, bueno, casi todos porque nunca falta algún traidor que se caga encima, salimos en apoyo de lo de él y lo dejamos al garca patinando en el aire.

Esas cosas son impagables, por eso andamos siempre juntos. Porque a pesar de las incomodidades, siempre viene bien tener algún tarado que diga las cosas como son sin medir riesgos, que diga las cosas que nadie en su complacencia de cornudos sociales, como lo son todos los demás, se anima a decir. 






Esteban Cámara
Santa Fe, 4 de noviembre de 2012

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