sábado, 29 de septiembre de 2012

El país de los imbéciles


Se trata de un país nuevo: Imbecilina.

Muchos de sus habitantes, imbéciles es el gentilicio, votan a políticos que espían los teléfonos de sus ciudadanos, pero no a escondidas: ¡Lo hacen bien a la vista de todos! Tampoco les importa que quien ellos votaron haya vaciado de recursos los hospitales y los techos de las escuelas les caigan en la cabeza a sus hijos. Están orgullosos de ser imbéciles.

Otros imbéciles votan a payasos que no tienen ni media idea de política, salvo la de liberar a monstruos asesinos encarcelados después de mucha lucha contra la impunidad de la que disfrutaron hasta hace no mucho tiempo.

La mayoría de los imbéciles odian a un gobierno que bajó la desocupación del 30% al 7% y la pobreza del 60% al 8%. Parece que odiaran todavía más a ese gobierno porque le dio trabajo a 5.000.000 de obreros industriales. Para qué hablar del odio que les da a los imbéciles que 3.000.000 de personas se hayan podido jubilar, a pesar de haber aportado irregularmente a la seguridad social.

Algunos imbéciles que recién hace poco consiguieron un trabajo se mofan y luchan por inhabilitar las políticas de subsidio a los desocupados, beneficio del cual disfrutaron hasta ayer.

Los pequeños comerciantes imbéciles se quejan de las restricciones a la importación porque quieren venderles baratijas fabricadas en el extranjero a sus muchos clientes obreros industriales. Añoran las políticas de apertura económica que tendrían a esas mismas personas (ya no obreros) a las puertas de su negocio, pero no para comprarle, sino para robarlo o pedirle una limosna.

Los empleados imbéciles despotrican contra una inflación del 20 % anual, seguramente añorando cuando no había inflación porque ellos no competían por los productos a la venta, dado que no ganaban nada o le pagaban en billetes de “Monopoly”.

Los imbéciles odian a muerte a un Secretario de Comercio cuyo único pecado es hacer que los productos de consumo masivo cuesten en su país 20% menos que en los países circundantes. Los imbéciles repiten un discurso ajeno, el de grandes empresarios que están en guerra con el país.

Los imbéciles del campo despotrican y no ven las horas de que gobierne alguien que les baje las retenciones, así les licúe las ganancias a menos de la mitad abaratando las divisas extranjeras. Prefieren ganar mucho menos, pero sin compartir nada.

Los imbéciles se dicen apolíticos, pero hacen ruidosas y agresivas manifestaciones políticas con cacerolas y pancartas nazis. Desean la muerte, insultan, discriminan y agreden a periodistas, mientras dicen ser víctimas de una dictadura que no les permite libertad de expresión. Se quejan de las restricciones a las compras de dólares y a la importación de artículos suntuarios. No parecen darse cuenta de que gracias a esas políticas, los obreros pueden comprar en sus comercios, o ser clientes de sus estudios o pacientes de sus consultorios. Ya se olvidaron de que la irrestricción de aquello produjo la desocupación, el hambre, las ollas populares, los saqueos y las muertes entre compatriotas por un paquete de fideos. En su pretendido apoliticismo ignoran ferviente y fielmente que son convocados por un partido político que, de llegar al poder, llevaría al desastre aquel al país, nuevamente.

Los imbéciles deliran de odio contra el uso de los fondos jubilatorios para fomentar el consumo, la industria, el comercio, el empleo. Querrían que a esa plata la pusieran bajo el colchón, como hacen los ignorantes. No saben, o no les importa, que la plata en el colchón no da dividendos, ni fomenta la economía.

Gran parte de los imbéciles plañen por la libertad de genocidas aberrantes, secuestradores de niños, torturadores y asesinos, legítimamente juzgados y encarcelados.

Algunos se mofan de la lucha de las madres de plaza de mayo, parodiando su pañuelo y agregándoles leyendas imbéciles.

Las imbéciles, enfundadas en tapados de piel, dicen pasar hambre o llevan a sus empleadas a golpear las cacerolas por ellas, para no esforzarse.

Por suerte, el país de los imbéciles es una minoría dentro de otro país más grande y más sabio. 

Pero ojo, si Imbecilina se extiende, algún día puede ganar las elecciones un mafioso que va a liberar a las hienas, va a abrir la economía, va a fundir las empresas y dejar a millones en la calle. Claro, va a tener a aquellas bestias recién liberadas de su lado para meterles bala y/o desaparecer a los recientes desocupados imbéciles que se animen a protestar, tarde. Esas hienas seguramente van a asesinar, como en los setenta, a los hijos de los imbéciles que sean lo suficientemente lúcidos para oponerse a sus políticas y, en todo este desastre, el mafioso va a tener de su lado el silencio de los periodistas imbéciles comprados por los grandes empresarios y sus capitanes…

Cualquier semejanza con la coincidencia es pura realidad.



Modificado del original publicado en Facebook el 26 de julio de 2011
Esteban Cámara
Santa Fe, 29/09/2012

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