jueves, 13 de septiembre de 2012

Docencia

Los docentes suelen caracterizarse a sí mismos como seres puros y prístinos, cuya única actividad y objetivo en la vida consiste en guiar hacia la luz a las mentes en formación. Nadie se los discute (bueno, siempre yo, la excepción) porque los maestros son en general queridos, pero más que nada porque a fin de cuentas ésa última es o debería ser su función en la sociedad.


Yo vengo de una familia en donde 4 quintas partes de sus integrantes fueron, son o serán docentes. Particularmente, mi mamá era Directiva escolar y las reuniones de maestras muchas veces se realizaban en mi casa, cercana a la escuela. He escuchado cada disparate en ellas… A su vez, yo he cursado todos los niveles posibles de la enseñanza y tengo cuatro hijos, así que por todos los ángulos posibles he tenido la posibilidad de conocer las realidades y miserias de los educadores.

Tuve una maestra reemplazante en la primaria que decía que el recreo era sólo para los docentes, así que si ella no quería, no salíamos al recreo y la mañana se transformaba en un contínuo exasperante. Uno de mis hijos tuvo una maestra que casi lo hace repetir primer grado porque mi hijo no hacía la “casita de los números” que ella le había enseñado para las sumas. Mi hijo sumaba mentalmente números de dos cifras, a esa edad. Luego, en la secundaria llegó a fases finales de las olimpíadas matemáticas, se recibió en una más que exigente escuela técnica y hoy en día estudia …matemáticas. Aquella vieja maestra de primer grado parecía tener algo contra él (mi hijo era un niño tranquilo y respetuoso pero de fuerte personalidad), como comentaba en las reuniones de maestros, lo caracterizaba como proveniente de “una familia destruída” (por ser sus padres divorciados), encima era morochito...

Ya en la facultad soporté profesores que anulaban ejercicios en donde los alumnos había resuelto el problema por una vía que no era la que el profesor quería que usaran, por correcta que fuera la determinación. O que vetaban y castigaban el uso de términos del lenguaje cotidiano, aunque correctos, en lugar del lenguaje erudito. Parece que algunos creyeran que deben proporcionar una herramienta y que el educando sólo debe usar ésa. Lástima que en los problemas que debemos resolver en la vida real y/o profesional no está el docente, o un ayudante de cátedra, cerca para decirle a uno qué herramienta usar…

Yo fui un alumno-obrero, trabajaba todos los días desde las 6 de la mañana hasta las 13 horas y debo decir que la estructura universitaria, sus normas, su burocracia, su desorganización y sus horarios de ninguna manera tendieron a atenuar la diferencia con los estudiantes subsidiados por sus familias, por no decirles “niños de papá”. 

Hace poco publiqué un artículo en este mismo blog en dónde alegorizaba sobre la formación mecanicista que veo actualmente en las escuelas: El nuevo juego puede llamarse “Poner cosas en casilleros”. Por ejemplo, se da al alumno una lista de palabras y se los instruye para que la pongan en el casillero correspondiente: Verbos-Adjetivos-Sustantivos, etc. Lo mismo con historia, geografía, etc. Malas noticias: No sirve para un carajo. Nada en la vida es así, no te dan la lista, no te dan los casilleros y el sujeto se aliena completamente intentando repetir una situación que es absolutamente “de laboratorio”.


Hay un ejemplo genial de la soberbia academicista y es el cuentito del estudiante que va a rendir física y le preguntan cómo medir la altura de un edificio con un barómetro. Luego de desopilantes, aunque correctas, respuestas del examinado que evitaban sabiamente la respuesta obvia y a desmedro de la amenaza de bola del adusto tribunal, consigue una respuesta original y cien por ciento "física": Tirar el barómetro desde la terraza y medir el tiempo que tarda en llegar al suelo. Es aprobado a duras penas entre reproches.


En fin, tuve muchos tipos de docentes, algunos muy buenos, en su mayoría olvidables. O inolvidables, pero de malos: Hipócritas, discriminadores, indolentes, psicóticos, ignorantes incluso de aquella ciencia que se suponía que debían enseñar. Con ellos pasé por los niveles primario, secundario, universitario y post universitario. En mi experiencia personal, la inmensa mayoría de los docentes no tuvieron un efecto positivo. 


Una abrumadora proporción de las cosas que aprendí las aprendí por mí mismo, fuera de las instituciones escolares. Por suerte, mi madre (docente) me inculcó el gusto por la lectura, creo que porque ya desde muy chicos nos leía todas las noches a mi y a mis hermanos “Las aventuras de Naricita y Perucho”, de Monteiro Lobato. A partir de allí seguí con las de piratas de Salgari y similares, luego las del oeste, de Marcial Lafuente Estefanía y luego (creo que por los 12 años) me armé mi propia agenda de autores a los que con el paso del tiempo iría encontrando: Proust, Faulkner, Dostoyevski, Celine, Balzac, Flaubert, entre otros. Gracias a ellos, fundamentalmente, aprendí a ver las cosas desde diferentes puntos de vista, según diferentes intereses y mediando diversas metodologías.


Concepciones políticas

Una cosa que me sorprende es que la concepción ideológico-política de los docentes, principalmente, es individualista y de derecha, por debajo de un fino barniz progresista. Abundan en los maestros los prejuicios de toda índole: Social, racial, cultural, económico y el individualismo campea triunfante. La educación se puede estar viniendo abajo, pero saltan sólo cuando les tocan el sueldo.

La hegemonía burguesa – Gramsci

Para quien haya leído al genial pensador sardo Antonino Gramsci, la escuela hace parte fundamental de la hegemonía burguesa, porque el tipo de conocimiento enseñado y las relaciones profesor-alumno en la escuela eran cruciales para la formación de intelectuales y la permanencia de la hegemonía burguesa. En consecuencia, las escuelas públicas eran importantes para mantener las relaciones de poder, así como en la hegemonía proletaria las escuelas serían cruciales, también.

En lo que yo he observado por mi paso y el de mis hijos por el sistema educativo público he podido apreciar, no sin pena, que predominan las formas coercitivas, la transmisión acrítica de conocimientos en bloques monolíticos, la transferencia de valores individualistas, burgueses, liberales y no cooperativos, el disciplinamiento de los cuerpos y de las mentes (lo que más recuerdo de la primaria es el apremio para “tomar distancia” en la fila), la oposición al espíritu crítico, la elusión del interés investigativo, la censura y la castración intelectual. 

No confundir el deber ser con el estado real

Cuando se escucha a los docentes autodefinirse predominan las formas que hablan de la formación (sí, pero ¿cuál?), de la liberación de las mentes, entre otros valores altruistas, como si todos los docentes trabajaran seria y concienzudamente en ello. Ése es el deber ser, que lamentablemente no es lo que predomina.

La escuela, desgraciadamente y sacando de la fila a algunos anti-ejemplos notables, parece querer formar individuos dóciles y disciplinados para ser entregados a los siguientes disciplinadores de la hegemonía burguesa: Los medios de comunicación y el trabajo dependiente. La cultura es el lugar en dónde los sujetos son sujetados y la escuela es totalmente funcional a ésto. Parafraseando a Capusotto, pareciera ser que predomina una educación para que los pobres sigan siendo pobres, pero con buenos modales.

"Tomá distancia". "Hacelo como yo te digo". "Decime lo que yo quiero escuchar". "Esto es así". "Callate". "Sentate bien". "Obedecé". "No hables con tus compañeros". "No te rías". "Vení vestido 'así' y bien peinado": Éstos parecen ser los mensajes predominantes de la escuela. Con sangre, no entra la letra. Con sangre entra la disciplina. O el odio.

No está mal repetir el deber ser de la docencia, pero cuando ya se convierte en una máscara hipócrita, en un bálsamo opiáceo, hay que empezar terapias de shock como la que intento desde éstos párrafos. Quisiera empezar a escuchar voces críticas, no tanto: "Somos los mejores del mundo, los seres más perfectos y altruistas", entre otras autocomplacencias.



Quiero romper esa pátina de autosatisfacción, ese opio de conformismo, esa hipnosis vacía de autocrítica: ¡Despierten los que estén dormidos!


La escuela será algún día el instrumento de liberación de las masas oprimidas, pero sólo en tanto y en cuanto los docentes abandonen esta autocomplacencia y estos discursos irrealistas y empiecen a cuestionarse: ¿Qué estamos haciendo? Cualquier respuesta que no sea: “Que los educandos piensen, autónomamente, críticamente y se desarrollen con un creciente deseo de saber e investigar”, es errónea y debe ser reformulada.







Esteban Cámara

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