jueves, 23 de agosto de 2012

Sobre la neutralidad

Mucho se discute actualmente sobre la neutralidad, incluso desde determinados sectores se la valora como una cosa positiva 'per se'. 

Pero veamos diferentes circunstancias:
 
* En las guerras interimperialistas, como la segunda guerra mundial.
* En la guerra entre Estados Unidos y Al Qaeda (en el supuesto de que ambos contendientes no sean lo mismo, lo que no queda claro para mí).

En estos casos, vemos que aún en la guerra se puede ser neutral. Y no sólo se puede, sino que es necesario y hasta valiente serlo. En estos ejemplos ambos bandos son igualmente malos, no hay ventaja de valores. Ser esclavo de uno u otro imperio o fundamentalismo no configura una alternativa válida.

Diferente caso:

* En conflictos banales, como los partidismos deportivos o los derivados de los localismos, por ejemplo. En este último caso los problemas derivan de formas, exterioridades o son circunstanciales y su resolución es banal desde el punto de vista ético o práctico.

O sea, hasta aquí vimos que en conflictos banales, sin significado o cuya resolución no importe una verdadera diferencia de calidad, se puede ser neutral.

Hay situaciones, en cambio, en donde la posibilidad de neutralidad puede connotarse como muy diferente, a saber:

* Si un estafador le está por quitar la casa a una persona honesta.
* Si el techo de una escuela (sea la de nuestros hijos u otra) se está desprendiendo y amenaza derrumbarse sobre la cabeza de alumnos y personal.
* Si entre muchas personas apalean a alguien indefenso o, como caso general, si en una pelea existe evidente disparidad de fuerzas.
* Si entre diversos partidos que se presenten a elecciones hay uno que promete desposeernos, dejarnos sin trabajo o asesinarnos, o hacerlo con alguna sector por causa ideológica, religiosa, racial, nacional, etc.

En algunos de estos casos, la neutralidad sería suicida, porque está en juego nuestro futuro: No podemos ser neutrales. En los otros casos, en cambio, lo que está en peligro no es nuestro futuro sino nuestros valores. Allí, claro, no deberíamos ser neutros. O sea, hay condiciones de valoración de la neutralidad: Que ninguna de las alternativas ponga en duda nuestro futuro o nuestros valores. En estos casos podríamos ser neutrales, pero seríamos estúpidos, cobardes y/o indiferentes. Es importante destacar en este punto la importancia de la correcta información, puesto que por voluntad o por falta de capacidad se puede subvalorar el peligro de alguna de las opciones. Otro condicionante puede ser cierto mensaje social: No te metás ... Algo habrá hecho, variantes del no ver para no actuar.

El problema, entonces, no es ser o no neutral, sino cuándo serlo.

De este puñado de ejemplos surge una conclusión: La neutralidad no necesariamente es cobardía, al contrario, muchas veces se requiere de gran coraje. El problema es cuando elegimos la neutralidad estando en juego nuestros valores o nuestro futuro. Allí no es posible ser neutral y seguir siendo una persona íntegra.





Esteban Cámara
Santa Fe, 23 de agosto de 2012

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