martes, 10 de julio de 2012

El juego de la escondida en 1977


A fines de marzo de 1977 una patota de esbirros de la dictadura militar argentina, vestidos de civil, habían secuestrado a mi hermana Ana, de 21 años, militante de la JUP de la Universidad Católica de Santa Fe. Yo tenía 16 e iba a 5to. año de la secundaria y nuestro hermano Guillermo, 20. A ninguno nos llevaron a pesar de que habíamos tenido cierta militancia, si bien a esa altura ya no.


Junto con mi hermana también desaparecieron algunos libros y otros objetos de casa, entre ellos una colección de pipas que había sido de papá. Vaya a saber qué tenían de subversivas nuestras pobres cosas…

Pasados los días de incertidumbre iniciales supimos, extraoficialmente, que Ana estaba en un centro de detención legal y pronto sería reconocida, lo cual nos tranquilizó mucho. No obstante estuvo casi 5 años en prisión en condiciones perversas. Con el tiempo supimos de miles de torturados, violaciones, asesinatos, vuelos en donde se tiraba a los detenidos al mar, robos de bebés y atrocidades ni siquiera superadas por el nazismo.

Aunque parezca extraño, mi sentimiento por aquella época, más que de temor o indignación, era de vergüenza: Temía que me señalasen con el dedo o me echasen de la escuela o del grupo de deporte que integraba. Afortunadamete nada de eso ocurrió, pero la gente de nuestro entorno, mis amigos, sus padres y otros vecinos, no querían saber, no preguntaban, no tocaban el tema. Y si uno empezaba a hablar te interrumpían invariablemente. No querían saber nada.

Yo empecé a notar enseguida del secuestro de Ana que, cada tanto, un hombre me seguía, No era algo continuo, el seguimiento parecía durar un mes y después desaparecía. Luego de dos o tres meses sin novedad, se reiniciaba. Lo hablamos con Guillermo y él había notado que le hacían lo mismo. Luego supe que a otros hermanos de detenidas les hacían lo mismo. Chequeaban, y al mismo tiempo amedrentaban.

Cierta noche, más o menos en octubre de 1977, estábamos en la casa de un amigo, Eduardo, en la Avenida J. J. Paso del barrio sur de Santa Fe, en donde con mi familia vivíamos en uno de los monoblocks. Mi amigo vivía en un chalet de enfrente de los edificios. Fantaseábamos, como siempre, con armar una banda de rock. Éramos amigos y vecinos desde hacía 10 o 12 años. 

En la casilla de la parada de colectivos de los edificios creo ver la figura inconfundible de un tipo robusto y bajo, de pelo cortito que parecía esperar algún micro, pero no subía a ninguno. Nos pareció que nos seguía con la vista. Era muy parecido a otros que cada tanto me “acompañaban”, desde lejos, a la escuela, o al centro, o a la casa de Papá.

Hasta no hacía mucho tiempo jugábamos cotidianamente con nuestros amigos al juego de las escondidas, supongo que todos lo conocen, en donde uno de los chicos (el “buscador”) cuenta tapándose los ojos hasta un número suficiente, proporcional al número de jugadores, mientras los otros se esconden. El lugar en donde el “buscador” cuenta lo llamamos “tochi” en Santa Fe, en otros lugares lo llaman “pica” o “casa y generalmente es un árbol o poste. Luego de terminar de contar el buscador debe salir a detectar a los escondidos y cuando los ve claramente, debe gritar su nombre: ”¡Tochi fulano!”. Allí vuelven corriendo los dos hasta el tochi y el que lo toca primero, gana. Si ganó esa carrera el escondido, zafa de cualquier obligación pero si el que ganó es el buscador, el primer escondido detectado será condenado a ser el buscador en el turno siguiente. Así se sigue hasta encontrar al último. Pero si el último escondido llega al tochi antes que el buscador y grita: “Piedra libre para todos mis compañeros”, el buscador debe volver a contar mientras los demás se esconden, un rol al que todos rehuyen. Hay que esconderse bien y tener piernas rápidas para evitar el castigo.

Volviendo a aquella noche, le hice notar a mi amigo del tipo en la casilla del colectivo y sin pensarlo en lo más mínimo, comenzamos a movernos rápidamente, al principio atontados. Primero fuimos hacia el oeste por el cantero central de la avenida, desde la casa de Eduardito hasta la esquina de 4 de enero. Luego volvimos por la vereda norte y nos metimos nuevamente en su casa. Desde la esquina nos miraban. Salimos, cruzamos la avenida y fuimos por el costado de los monoblocks hacia el sur, hacia la oscuridad, más allá había un arenal desierto al que llamábamos “El gran chaparral” y en donde hasta hacía poco jugábamos a vaqueros e indios. Creimos ver all hombre moverse hacia nosotros.

Después de pasar corriendo al costado de los monoblocks, más allá del tejido que hacía de límite con el baldío de al lado y antes de llegar al arenal doblamos hacia el este en Irigoyen (ahora se llama Loyola) y nos hundimos en las profundidades del Parque Sur a las corridas, entre carcajadas contenidas, de puro pendejos que éramos. Yo tenía 16 años, Eduardo 15. Corríamos con el corazón a mil, jugando aunque con cierta noción de peligro, respirando ruidosamente y hablando entrecortadamente, atropellando con la siguiente frase a la anterior, inconclusa. Nuestra madurez estaba más cerca del juego de las escondidas que del de la vida y la muerte.

Con el corazón a los tumbos, jadeantes y con un mínimo de miedo, espiamos desde la escuela Monteagudo, una institución para niños hipoacúsicos y/o con problemas de aprendizaje, hacia el oeste, hacia la parada de colectivos. No vimos al tipo.

Cruzamos de una estampida la avenida J. J. Paso hacia el norte, casi desierta aquella noche, corriendo más allá del recodo que hace al bordear la escuela hacia el sur. Subimos por calle 9 de Julio, temblando de emoción. Doblamos dos cuadras más allá, por Uruguay hacia el oeste, hasta calle 4 de enero, siempre corriendo como potrillos desbocados. Esperamos un poco en cada esquina, atisbando nerviosos hacia atrás, pero también hacia las otras direcciones. Aparentemente, lo habíamos perdido.

Luego de unos minutos bajamos por 4 de Enero y, al llegar a la esquina con J. J. Paso, miramos hacia el este, hacia la parada de colectivos en donde inicialmente estaba el tipo: Habíamos trazado con nuestro movimiento un cuadrado casi perfecto. El hombre no estaba en la parada ni en las cercanías. Vaya a saber.

Nos miramos con esa alegría pueril de la criatura que ganó el juego de la escondida y, sin decirnos nada, nos fuimos cada uno a su casa, justo a tiempo para cenar, todavía emocionados y sin decir nada a nuestras familias. Jamás volvimos a hablar del tema. Incluso hasta este año, más de tres décadas después, nunca había contado esta anécdota.

Al salir para mi colegio, el Nacional, al otro día, en la parada de colectivos había un tipo flaco y alto, de pelo cortito. Su colectivo no llegaba nunca. 






Esteban Cámara
Santa Fe, 8 de octubre de 2008

1 comentario:

  1. Ya había publicado una versión anterior de esta narración en mi muro de Facebook para el 24 de marzo de 2010 o 2011

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