domingo, 17 de junio de 2012

Sueño del 13/05/12

Visitaba a un viejo compañero de facultad a su casa de la isla, pasando varios puentes y ríos. La casa estaba en la parte más alejada de la isla, en el final de un tortuoso y angosto camino de tierra. La zona, muy poblada y animada, tenía algo de las sierras de Córdoba mezclada con las islas del Paraná en el ancho valle aluvional que hace de frontera entre Santa Fe y Entre Ríos.

El tiempo estaba fresco y lloviznaba, típico de esta parte del año: Mediados o fines de otoño.

Estando allí, la televisión empieza a alertar sobre un grave cataclismo que haría crecer varios metros los ríos de la zona. Me marcho inmediatamente mientras mi amigo, que vivía allí con un hijo de unos 14 años y su otra visita, un residente de la zona, optaban por quedarse en el lugar. Creían que iban a estar protegidos en la sólida casa del primero.

Yo me voy con mi moto y cuando llego a la autopista encuentro una larga fila de camiones y otros vehículos varados en un embotellamiento antes de llegar al puente más grande, el que separa de las tierras altas. No obstante, las perspectivas eran buenas: Faltan al menos 12 horas para la gran creciente y el problema del tránsito se va a solucionar en menos de una hora.

Mientras espero allí no dejo de pensar en mi amigo y su hijo: los comentarios son que su poblado va a ser arrasado por el aluvión, que los científicos calculan furibundo. Decido volver para intentar convencerlos de marcharse conmigo, tal vez no sepan de la gravedad de lo que se prevé.

El camino de tierra está ya semi inundado y debo dejar la moto mucho antes de llegar a la casa de él. Llego caminando y, afortunadamente, veo que su hijo ya ha sido evacuado por unos vecinos. Sin embargo mi amigo y su vecino siguen firmes en su propósito y por más que intento, no consigo convencerlos. Es como hablarle a una pared.

Horrorizado, veo algo que no había percibido: el vecino está con un pequeño de unos 5 años. Le ruego que, al menos, me deje llevar a la criatura para no exponerla a lo que yo sé que es una muerte segura. Aunque sin mucha expectativa de mi parte, el hombre accede y, preguntado, el huraño infante sorpresivamente me mira con inmediata simpatía y accede.

Mientras el vecino prepara un bolso para su niño, mi amigo me muestra algo que yo no sabía: Un entrepiso en su casa es más sólido de lo acostumbrado. No se trataba, como parecía, de un cielorraso de yeso, sino de una loza de cemento con sólidas planchas de acero que lo encadenan a las paredes. En el cómodo espacio entre ésta y el techo hay comodidades y provisiones para mucho tiempo e instalaciones para la higiene personal.

No me tranquiliza demasiado: La inundación, si bien no se supone que llegue a superar la altura del refugio, sí vendrá con una furia superlativa y puede que derrumbe todas las casas isleñas, aún las más sólidas.

Salgo de allí triste pero con una pequeña esperanza y una enorme responsabilidad. Mientras llevo de la mano al pequeño hijo del vecino, caminando hasta la moto distante nos cruzamos con un grupo de lugareños. Todos son hombres y de edad mediana. Se ven alegres, inconscientes, tal vez algo alcoholizados. Llevan en sus manos bolsas de  provisiones de última hora. Y bastante cerveza.

En los últimos metros antes de llegar a la moto hay un empinado y barroso terraplén que subir. Dudo unos instantes pensando en como hacer para trepar con el bolso y el pequeño, pero el tranquilo y perspicaz niño ya vio una especie de escalera: Una capa de placas de cemento o baldosones, con salientes escalonadas y rectangulares, afirmados en la cara del terraplén a la manera de refuerzo destinado a evitar la erosión producto de un desagüe aledaño. El niño se dirige confiadamente hacia esos inesperados escalones y comienza a subir. Yo lo sigo, aliviado. El horror queda atrás, espero.

En eso, me despierto. Estoy en mi casa, con mis hijas durmiendo a salvo en la habitación contigua.



Esteban Cámara
Santa Fe, domingo 13 de mayo de 2012.

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